18 de marzo de 2010

El Poder de la Oración


Cuando el Hijo del Hombre llegue, ¿Verdaderamente hallará la fe sobre la Tierra?

Jesús planteó esta cuestión de si hallaría sobre la Tierra fe en el poder de la oración durante su futura ‘llegada’ (Lu 18:8.).

Orar no es fácil.

Y tener fe en el poder de la oración, es aún más complejo.

Expertos de la salud recomiendan la oración en el tratamiento de la depresión y el estrés.

Por supuesto, unos momentos de oración calmada y meditativa pueden mitigar la tensión, alejar de la mente esos pensamientos negativos e inquietantes. Lo cierto es que algo similar sentimos con algunos sonidos de la naturaleza o hasta de un masaje en la espalda o los pies.

Pero tener fe en el poder de la oración no es terapia.

Es más que eso.

Es el inicio de un cambio radical hacia una nueva espiritualidad.

Orar es comunicarse reverentemente con el Creador.

Hay oraciones de intercesión, tanto individual como colectiva. Es poderoso orar a favor de uno y de otros.

Lo que hace a la oración poderosa es la fe con que uno ore y actúe en sintonía con esa oración. El apóstol Juan escribió: “Esta es la confianza que tenemos para con él, que, no importa qué sea lo que pidamos conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5:14). Jehová, el Ser Supremo, el único Dios verdadero y todopoderoso, realmente presta especial atención a las oraciones de sus siervos. El hecho de saber que nuestro amoroso Dios nos oye cuando le expresamos nuestras inquietudes y problemas resulta consolador (Filipenses 4:6).

El sentir timidez o desconfianza o pensar que uno es indigno de orar, son sentimientos que restan vigor y poder a nuestra oración. Hay que admitir que tal vez nos cueste orar cuando estamos desilusionados con nosotros mismos o abrumados por los problemas. En tales ocasiones, hacemos bien en recordar que Jehová “muestra piedad a sus propios afligidos” y “consuela a los abatidos” (Isaías 49:13; 2 Corintios 7:6). Es sobre todo en tiempos de angustia y aflicción cuando hemos de acudir con confianza a nuestro Padre celestial como nuestra plaza fuerte.

Sobre la fe verdadera dice la Biblia que “el que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que llega a ser remunerador de los que le buscan solícitamente” (Hebreos 11:6).

Creer que él existe. ¿Quién existe? Alguien que oye la oración. La fe verdadera no solo significa “creer que Dios existe”, sino también estar totalmente convencidos de que tiene la capacidad y el deseo de recompensarnos por obedecerle en la vida. “Los ojos de Jehová están sobre los justos, y sus oídos están hacia su ruego.” (1 Pedro 3:12.) Tener siempre presente el interés amoroso de Jehová infunde especial sentido a nuestras oraciones.

Jehová escucha las oraciones que le ofrecemos de todo corazón. El salmista escribió: “He llamado con todo mi corazón. Respóndeme, oh Jehová” (Salmo 119:145). Orar no es un rezo ritual, es el ejercicio de la fe. Dirigirse a Jehová con “todo [el] corazón”, y hacer que nuestras palabras se llenen de significado y propósito. Tras elevar esas oraciones sinceras empezamos a sentir el alivio que produce ‘arrojar la carga sobre Jehová mismo’. Como promete la Biblia, “él mismo [nos] sustentará” (Salmo 55:22; 1 Pedro 5:6, 7).

A veces no sabemos qué pedir, qué decir. Pablo en Romanos 8 toca el asunto de los sentimientos y emociones profundos y les llama "gemidos no expresados". En medio de las turbulencias en las que uno se halla, hay intercesión del espíritu santo. Esta función es muy importante, puesto que el espíritu santo es la única fuerza que puede operar en la mente y el corazón, guiando los pensamientos y las emociones. No en balde en Gálatas 5:22, 23 se habla del fruto del espíritu. El espíritu influye en el Centro Interior de toda persona: el corazón. Pero que dicha operación del espíritu santo sea eficaz en la transformación de la mente y el corazón, no es obra del espíritu santo, sino del poder de nuestra voluntad de querer, de querer cambiarse internamente o alguna situación que nos preocupe.

El mejor ejemplo bíblico de este tipo de fe en la oración es Ana, la madre del profeta Samuel. Ella era estéril, y sufría por ello, al punto de no querer comer, y lloraba mucho. Vivía carente de amor propio y paz en el corazón porque su deseo era tener un hijo. No tenerlo, era su vergüenza como mujer y como esposa.

Ana fue con su esposo al Tabernáculo, el lugar donde estaba el Arca del Pacto. Allí oró a Jehová, prolongadamente, hasta las lágrimas. Se parece a nuestra vida en algún momento, o quizás este mismo instante. Tanta angustia, tanto tiempo viviendo una situación que por más que uno luche, parece no moverse, no mejorar, no dar signos de alivio...

Pero Ana era más fuerte que su situación. La enfrentó orando. Y tras orar, tras pedir a Jehová tener un hijo varón, se fue, y su rostro no mostró más amargura, ni tristeza. Hasta comió, y se sintió anímicamente mejor.

He aquí el punto a destacar: Ana oró una vez. Sólo una. Ordenó sus pensdamientos, sus sentimientos, tenía claro qué quería, y se lo pidió a Jehová. Tras orar, arrojó su carga sobre Dios. Es como si hubiera dicho: Jehová, mi problema es ahora tuyo. Tú todo lo puedes. Y tú actuarás a mi favor.

Y eso da tranquilidad, soporte, paz. Esa paz de Dios que supera todo pensamiento.

Ana era otra mujer tras orar. Era una mujer que recuperó el control de su vida. Cierto, aún no había pasado nada. Aparentemente. Pero eso es la fe. Saber que la oración es depositar la confianza, no en uno mismo, sino en la persona que se merece toda nuestra confianza: Jehová Dios.

El resultado es que esta mujer que ya no comía, lloraba, y se sentía disminuida como mujer, empezó a comer, a sentirse alegre, y ¡se embarazó!

¿Verdad que pasa que cuando deseamos algo con desesperación, no llega?

Y cuando creemos que no lo tendremos... llega lo que queremos.

¿La lección? Orar a Jehová, derramar el corazón ante Él, pedir lo que queremos, y esperar al tiempo y la manera de Dios, que Él lo dé cuando y cómo Él lo disponga, con tranquilidad en aquellas palabras que expresó Jesús:

"Sigan pidiendo y se les dará".
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