23 de abril de 2010

Jacob: el elegido de Dios


Su abuelo era Abrahán. Su padre, Isaac.

¿Quién heredaría el Pacto que Jehová había hecho con Abrahán, que heredó Isaac?

La historia de la elección divina se inicia con el matrimonio de Isaac y Rebeca.

La historia del elegido de Dios, es también la historia de Rebeca, madre del elegido.

¿Quién era esta mujer?

Era hija de un sobrino de Abrahán, Betuel, y estuvo dispuesta a casarse con Isaac, aún sin conocerle. La Biblia reconoce el gran amor que unió a la pareja, dado que Isaac "se enamoró de Rebeca".

Así que era Rebeca una mujer hermosa, espiritual, y tenía un esposo que le amaba y le respetaba. Pero estuvo 19 años en esterilidad.

Parecía que la promesa de Dios de continuar con la descendencia no se cumpliría. Rebeca parecía ser estéril. Vivía ella lo que Sara, su suegra, había vivido durante largos años. Isaac rogaba a Dios "especialmente" por Rebeca, por su esterilidad.

Tras 19 años de esterilidad, Rebeca quedó embarazada. Pero algo no andaba bien en su embarazo. ¿Qué ocurría?

"Y los hijos dentro del vientre de ella empezaron a luchar el uno con el otro, de modo que ella dijo: “Si es de esta manera, ¿exactamente por qué estoy viva?”. Y se fue a inquirir de Jehová".


Cuando una persona vive situaciones angustiantes, se conforma con darse por vencida, o ahogar su dolor. O sentir lástima de sí misma.

Rebeca no era ese tipo de persona. Rebeca era una mujer de carácter. No en vano había vivido 19 años de espera por tener hijo, y ahora que estaba embarazada, no se daría por vencida. Decidió averiguar qué significaba lo que sucedía en su vientre materno, para de esa forma curarse emocionalmente y descubrir el propósito de su vida. Decidió consultar a Jehová.

He aquí una acción individual de Rebeca. No buscó a Isaac, porque sencillamente él no tenía las respuestas que ella necesitaba. Sólo Dios podía informarle la verdad. Es Rebeca una persona que reconoce que algo está pasando en su vida, y busca saber su significado. Muchas personas saben que tal vez algo les sacude internamente, y no hacen nada por saber el significado de lo que les ocurre.

Rebeca busca a Dios por respuestas. Porque hay momentos en nuestras vidas, momentos cruciales en los que resulta de la mayor importancia que nuestras acciones y actitudes estén en sintonía con el propósito y voluntad de Dios. Rebeca estaba en lo cierto al seguir a su instinto de consultar a Dios, porque aprendió algo que no hubiera podido saber de otra forma.

Y Dios respondió con una declaración profética, u oráculo divino:

"Y Jehová procedió a decirle: “Dos naciones están en tu vientre, y dos grupos nacionales serán separados de tus entrañas; y un grupo nacional será más fuerte que el otro grupo nacional, y el mayor servirá al menor"".

Rebeca se entera de que en vez de tener un hijo, tendría 2 hijos. Era el mayor, o el primero que naciera el elegido de Dios. No. Dios dijo que sería el menor el que dominaría al mayor, y que de ambos hijos surgirían 2 grupos nacionales, que serían separados, a pesar de su origen común. La historia bíblica relata que esas 2 naciones fueron Israel y Edom. Y el elegido de Dios resultó ser Jacob, el menor, y no Esaú, el mayor.

¿Qué haría Rebeca? No la tendría fácil. La voluntad de Dios era que su hijo menor fuera el heredero del Pacto Abrahámico. Y era ella la que lo sabía. Ella era la responsable de asumir ese hecho. ¿No lo era acaso Isaac? No en este caso. La Biblia es consecuente en demostrar que aquella persona a quien se le revelan declaraciones proféticas, u oráculos divinos, es la que debe actuar en consonancia con lo que era la voluntad divina declarada, si era el caso de que debiera actuar. Isaac en su momento daría la bendición como Heredero del Pacto Abrahámico y Patriarca, pero en definitiva Rebeca jugaría un rol determinante en la realización del propósito de Dios.

Rebeca debió asumir la convicción y el conocimiento secretos de la volunta divina. ¿Debía saber TODO el mundo la elección de Dios? No antes del tiempo de Dios.

Al nacer Esaú y Jacob, fue claro lo distintos que eran. Uno era velludo, y el otro lampiño.

Al crecer ambos, las diferencias entre ambos eran evidentes. Esaú era cazador. Jacob era casero. Esaú era un hombre de puertas para afuera, robusto, activo, con un carácter hipermasculino (¿elevados niveles de testosterona?). Era un tipo práctico, preocupado sólo por el momento presente: la comida, la bebida. Era el favorito de Isaac, porque daba la carne con la que se comía en casa.

Para Rebeca, el favorito era Jacob. Era un hombre puertas adentro, hogareño, más dado a la imaginación y a la reflexión. Era más intuitivo, o más "soñador". Menos práctico que Esaú, sin duda. Aparentemente.

Vale la pena ahondar en la relación entre Rebeca y Jacob. El amor de madre que le dio Rebeca a Jacob fue crucial en su vida. Jacob se sabía y se sentía querido por su madre, y eso le dotó de una reserva de fuerza emocional y psicológica, que le fue útil a lo largo de su vida. Cuánto valor tiene el dotar a los hijos e hijas del amor, la seguridad, la autoestima y confianza necesarias para que crezcan con su propia fuerza interna.

Un momento definitivo en la vida de Esaú y Jacob se presentó un día. Un día cualquiera en el hogar familiar. Esaú llegó a su tienda cansado, parece que sin éxito en su día de caza. Estaba hambriento, sediento... y cansado. El calor del día, el Sol...

Jacob, por su parte, estaba en casa. Tranquilamante en su casa, estaba cocinando. Parece que lo hacía muy bien, al fin y al cabo, tenía tiempo, los ingredientes frescos. Estaba haciendo un guisado de lentejas.

Aquello olía tan bien... y Esaú tenía tanta hambre. Parece que el hambre de Esaú tenía solución: comer de lo que Jacob estaba cocinando.

"Esaú dijo a Jacob: “¡Aprisa, por favor, dame un bocado de lo rojo... lo rojo que está allí, porque estoy cansado!".

¿Qué haría Jacob?

Dijo: "¡Véndeme, ante todo, tu derecho de primogénito!".

Y Esaú continuó: "Aquí estoy que simplemente voy a morirme, ¿y de qué provecho me es una primogenitura?".

Y añadió Jacob: "¡Júrame, ante todo!". Y procedió a jurarle, y a vender su derecho de primogénito a Jacob. Y Jacob dio a Esaú pan y guisado de lentejas, y él se puso a comer y beber.

Entonces se levantó y se puso en marcha. Así que Esaú despreció la primogenitura.

Y eso fue todo.

Muchos hemos sido educados en una ética judeocristiana. Sabemos que es importante el llevar una vida correcta. Estamos convencidos de que es preferible ser honestos, justos, abiertos y amables, en vez de ser embaucadores con otros. No esforzamos por alcanzar un ideal de honestidad y rectitud, y mostrarnos ante los demás como personas con escrúpulos, sin inclinaciones aengañar y embaucar. Pero hay otro lado, un lado oscuro, o lado de la sombra, que es capaz de engañar, de mentir y de embaucar. Esa lado oscuro lo escondemos ante otros, que contradiría la imagen que presentamos a los demás.

Eso es una realidad. Pero, ¿qué pasa internamente?

Jacob es honesto consigo mismo. Se identificó abiertamente con ese lado oscuro, en forma de ambición y astucia. Al hablar con Esaú, le dijo lo que quería. Quería la primogenitura, la de Esaú, y en cuanto se presentó la oportunidad, se lo planteó a Esaú.

Esaú también mostró aquí su propia sombra, o lado oscuro. Porque el lado oscuro de Jacob se mostró activo. Dijo lo que quería. Pero Esaú muestra su lado oscuro de forma pasiva. Esaú se mostró débil ante Jacob. Su propia respuesta de que se estaba muriendo de hambre, era una exageración. Él, de haber querido, hubiera podido hacerse su propia comida, o haberse buscado remediar su hambre en otro lado, sin tener que claudicar ante la astucia de Jacob.

Esaú era un hombre excesivamente carnal. Si tenía hambre, tenía que comer ya. Si tenía sed, tenía que beber ya. ¿Es malo saciar los apetitos carnales? No. Pero si recordamos la primera tentación a Cristo fue... la de comer. Cristo tenía hambre, y podía haber comido enseguida, o podría haber convertido piedras en panes. Pero no lo hizo. No accedería a demandas externas que estuvieran en contra de la voluntad divina, o de su propósito.

Esaú vendió "regalados" sus derechos de primogénito por un plato de comida. Esaú era fuerte en músculos, pero débil en voluntad, carácter y personalidad. ¿Podría un hombre débil ante las circunstancias, ante sus propios apetitos, ser el elegido de Dios?

Esaú racionalizó su debilidad de carácter. "Me estoy muriendo de hambre, ¿de qué me sirve la primogenitura?", se dijo a sí mismo. Esa era su visión de su debilidad. La primogenitura no era algo tangible para él, como ese plato de lentejas que le quitaría el hambre.

Esaú es la muestra perfecta del autoengaño. De racionalizar con argumentos autoinducidos que justifiquen la debilidad de carácter o la inacción. Muchas personas se autoconvencen de que su rumbo equivocado está bien, con argumentos reforzados. Algo internamente les dice que se están engañando, pero, qué importa. El argumento del autoengaño les salva -creen-, de las consecuencias futuras por no haber hecho lo que debían hacer. Pero lo cierto del caso es que ignorar las evidencias y los hechos, por ahorrarse la amargura de reconocer la verdad, no traerá buenos resultados. Lo que el hombre siembra, eso cosecha.

¿Por qué eligió Dios a Jacob, quien era ambicioso y astuto?

La elección divina no se basaba en quién fuera el hombre más moral, obediente o de fe. Se basaba en lo que Jehová se había propuesto en sí mismo como modelo de relación con la persona, en miras a cumplirse la voluntad divina. Jacob quería ser el primogénito, el heredero del Pacto Abrahámico. Jehová había determinado que Jacob era el elegido, antes de nacer. Pero la voluntad de Dios es una, y el deseo de la persona, su propia voluntad personal es otra. El propósito de Dios, para ser cumplido, necesitaba que Jacob quisiera ser el heredero. ¿Por qué?

Porque lo que iba a heredar Jacob era la primogenitura espiritual. Cuando a Jesucristo la madre de Juan y Santiago le pidió que le concediera que sus 2 hijos se sentaran, uno a su derecha, y otro a su izquierda, en su Reino, dijo Jesús:

"Esto de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía darlo, sino que pertenece a aquellos para quienes se ha preparado".

Juan, Santiago, y los demás apóstoles que se peleaban por ser el mayor, no reconocieron nunca el hecho de que ser el mayor en el Reino de Dios era algo "preparado" por el Padre. De nada valía que ellos pelearan o se esforzaran, ya Jehová lo había decidido.

Pero Jesús también formula la cuestión del deseo: "El que quiera ser el grande, el que quiera ser el mayor, el que quiera ser el primero entre ustedes tiene que ser..."

No habla Jesús del deseo de Él o del de Dios. Sino del deseo de la persona que sea elegida por Dios como el mayor de los herederos del Reino de los Cielos.

Jacob era el heredero del Pacto Abrahámico, y tendría que vivir una alianza y relación personales con Jehová. Tendría que vivir grandes cambios en su carácter. Vivir un proceso de transformación total y completo, dirigido por el mismo Jehová.

Jacob tenía que transformarse en una persona consciente, verdaderamente moral y completa a los ojos de Dios.

Para que Jacob viviera esa transformación tenía que tener una cualidad personal que le ayudara a sí mismo. Era psicológicamente honesto. Eso significa ser uno honesto consigo mismo respecto de sí mismo.

Jacob no se oculta a sí mismo su astucia y ambición. En contraste, la mayoría (inmensa) de las personas no es honesta consigo mismas. Tienen doblez psicológica. No son capaces de reconocer, afrontar y mucho menos transformar su lado oscuro, o sombra. Cuando han cometido un error, en vez de decir "me equivoqué", culpan a otro, o justifican el por qué o los motivos de sus acciones.

Jacob sabe lo que está haciendo y lo asume. Negocia la primogenitura de su hermano porque la quiere. Tal vez no es plenamente consciente de lo que espiritualmente signifique, pero eso es asunto del proceso de transformación. El egocentrismo de Jacob es procesado por Dios para transformarlo en una persona completa, preparada para asumir el legado espiritual que deja a su pueblo.

La elección de Dios de Jacob, una vez este es un hombre adulto, tiene relación con el potencial de Jacob. Jacob era ambicioso y astuto, pero Dios puede transformarlo y guiarlo, con los métodos y herramientas adecuados, como se observa en el relato de la vida de Jacob. De alguna forma vemos que Dios no espera que seamos modelos de virtud, más bien que desear ver en nosotros la potencialidad de la transformación.

Jacob era honesto consigo mismo, quería ser el heredero de la promesa a Abrahán. Del resto de su vida, de guiarlo y transformarlo, ya se encargaría Jehová.
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