6 de diciembre de 2010

Cuando los apóstoles eran hombres de "poca fe"



Eran 12 hombres comunes y corrientes. 

Sus nombres:

Pedro, y su hermano Andrés, Santiago y su hermano Juan, Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo, Simón el Zelote y Judas Iscariote.
  

¿Eran los hombres más brillantes, los de mayor currículum académico, los de mejor condición social?

¿Eran los personajes más populares en el siglo I?

¿Tenían el historial de devoción y servicio a Dios más conocido por su celo y piedad?


Los evangelios responden a todas esas preguntas con un rotundo NO.
  
Sin embargo, a este conjunto variopinto de hombres, de diversas costumbres, personalidad, puntos de vista y ocupaciones, les dio Jesús de Nazaret la oportunidad de ser sus apóstoles



Un apóstol, según el término griego original apóstolos, significa alguien "enviado" o "despachado". Si Cristo Jesús era un "apóstol" o enviado de Jehová, estos 12 hombres eran "enviados" a otras personas por el mismo Jesucristo (Puede consultar en Hebreos 3:1).

Pero estos 12 hombres, o los 12 como se les llama, tenían el favor de Dios de haber sido elegidos para ser discípulos de Jesús. Fueron enseñados por Él, vieron sus milagros, oyeron sus enseñanzas, y tenían delante de sí grandes honores y gloria.
  
Uno pudiera creer que ellos, automáticamente, tenían fe. Que no tenían las dudas, cuestionamientos o suspicacias que naturalmente despertaría un hombre como Jesús, que hacía milagros y afirmaba ser el Hijo de Dios. Después de todo, en el siglo I, el 100% de la gente no se hizo creyente de Jesús y dejó todo para seguirle, ¿cierto?



Los 12 apóstoles tuvieron la fe suficiente como para empezar a seguir a Jesús. Por ejemplo, Pedro, dejó las redes y le siguió. Y Mateo, se levantó de su oficina de impuestos y se hizo Su discípulo. ¿Era suficiente con esa fe? Porque una cosa es tener fe para comenzar a seguir a Jesús y otra muy distinta es tener la fe suficiente para continuar siguiendo a Jesús, particularmente cuando el desarrollo de los acontecimientos exige una fe de mejor calidad, de más calibre.

En varias oportunidades vemos en los evangelios que Jesús les llama "hombres de poca fe". Es importante recordar el gran valor que le concedió Jesús a la fe. ¿Nos extraña? No, puesto que el apóstol Pablo nos informa en su carta a los Hebreos qué papel desempeña Cristo Jesús en nuestra fe:

Viendo, entonces, que tenemos tan grande nube de testigos que nos cerca, quitémonos nosotros también todo peso, y el pecado que fácilmente nos enreda, y corramos con aguante la carrera que está puesta delante de nosotros, mirando atentamente al Agente Principal y Perfeccionador de nuestra fe, Jesús. Por el gozo que fue puesto delante de él aguantó un madero de tormento, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. 
Hebreos 12:1-2

Si Jesús es el Agente Principal de nuestra fe, es debido a ser el primero, el que nos marca el camino en esta senda espiritual de adorar al Padre en espíritu y verdad. Fue Él quien nos fijó el modelo a seguir en la Fe para con Jehová Dios. Y es el Perfeccionador de la fe, porque de manera progresiva y gradual, lleva nuestra fe a un nivel de estado perfecto, sin deficiencias ni fallas, en pensamiento, estructura mental y conexión espiritual con el Padre.

Ese es el rol que desempeña Jesús en nuestra fe. Es quien nos ha puesto el modelo que debemos seguir, quien nos ha marcado el camino espiritual que debemos recorrer al adorar a Jehová Dios. Y además, toma nuestra fe, y la perfecciona.

Los apóstoles eran hombres de fe. ¿Cómo lo sabemos? Porque vieron y oyeron al Maestro y le siguieron. Recordemos que tuvieron que tomar decisiones radicales en su vida, aceptar el cambio que les supuso seguir a Jesús. Dejaron trabajos, negocios, relaciones de amistad, hasta la religión que tenían y se fueron con Jesús. No fueron como el hombre rico y joven, que practicaba todos los mandamientos desde su juventud, pero cuando Jesús le pidió dejarlo todo y seguirlo, ¿qué hizo? se fue triste, pero no a seguir a Jesús, sino a seguir con su vida cómoda como hombre rico, sin problemas, sin compromisos, sin asumir las responsabilidades del discípulo de Cristo.

Fueron hombres que pusieron la mano en el arado y no miraron atrás. Siempre miraron hacia adelante, siguiendo al Maestro. ¿Tenían claras al 100% todas las enseñanzas de Jesucristo? ¿Sabían a ciencia cierta qué pasaría con ellos, con sus vidas, con sus esposas e hijos? No. Ellos sabían que Jesús de Nazaret era el Mesías, y estuvieron entusiasmados con la idea de seguirlo y ser enseñados por el Hijo de Dios.  

Las cosas mientras Jesús estaba con ellos funcionaban bien. Y cuando Jesús no estuviera, ¿qué? ¿qué pasaría? Jesús estaría con ellos por tiempo limitado, y luego ascendería a los Cielos, siguiendo Su camino al Padre, en desarrollo del propósito divino. 

Los apóstoles debían continuar con la obra que inició Jesús. Ahora bien, eso de seguir a Jesús, ¿era para ellos algo serio, o un asunto pasajero, mientras estaba Jesús con ellos? ¿Realmente eran conscientes de la misión divina que se les encomendó?

Sabemos por los Evangelios que ellos se mantenían en la constante disputa de quién era el “mayor”, y no había abierto su mente y corazón por completo para escuchar al Maestro. Ellos estaban dominados por sus propias ideas, sus propias opiniones sobre Jesús y sus expectativas de realeza.  

Por ello Jesús necesitaba perfeccionar su fe. Cada uno de esos hombres debía transformarse, pasar de discípulo a apóstol. Y que fueran entonces, los pilares de la fe cristiana para hombres y mujeres que aceptaran a Jesucristo.

Se trataba de llevar a los apóstoles a que su fe estuviera en un estado espiritual perfecto, apropiado, de acuerdo al propósito divino y voluntad de Jehová para cada uno de ellos. Entendemos que la fe de Tomás, por ejemplo, no era la misma que la fe de Juan, o la de Mateo. Cada uno debía tener su propia fe, perfeccionada. Y hacerlo de forma gradual. Como hemos analizado, los apóstoles tenían fe. ¿Cuánta fe realmente tenían? Veamos 3 citas que nos responden esta pregunta:

Mateo 6:30
Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe?
Mateo 8:26
Hombres de poca fe —les contestó—, ¿por qué tienen tanto miedo?
Entonces se levantó y reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo. 
Mateo 14:31
En seguida Jesús le tendió la mano y, sujetándolo, lo reprendió:
—¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? 

Son 3 momentos diferentes. En el primero, son palabras de Jesús expresadas en el Sermón del Monte. Eran hombres de poca fe, si se dejaban vencer por la preocupación por el cómo cubrir sus necesidades materiales de comer, beber, vestirse, etc. Claro, esas palabras las escucharon los miles que presenciaron el Sermón de la Montaña, entre ellos, los apóstoles, pero Jesús les dijo que si ellos no razonaban sobre cómo Dios daba provisión a las aves, las flores, o los lirios, y se preocupaban por sus necesidades, entonces eran hombres de poca fe.

Pensemos en eso. Los apóstoles eran hombres acostumbrados a trabajar, a ganarse el dinero para vivir ellos y sus familias. ¿Qué harían en el futuro, cuando ya no estuviera Jesús? ¿Dejarían el apostolado y se irían a trabajar? No, Jesús quería que ellos tuvieran la fe perfeccionada de quien sabe que puede confiar su sustento del Dios que tiene el nombre de Jehová-yiré, que significa "Jehová proveerá". Así como ellos aprendieron, podemos aprender nosotros también. Una cosa es tener fe para ciertas cosas, pero la fe en la provisión de las cosas materiales requiere más convicción, y con mayor razón, en estos tiempos que vivimos.



En la cita de Mateo 8:26 se relata cuando Jesús reprendió a los vientos en medio de esa tempestad, en la que de repente los apóstoles se vieron involucrados en una barca, a medianoche, en pleno Mar de Galilea. ¿Por qué Jesús les dijo que eran hombres de poca fe después de que calmó la tempestad? Porque Jesús estaba durmiendo sobre una almohada, tranquilo, y le despertaron bruscamente después de que ellos lo intentaron todo para evitar que la barca naufragara. ¿Dónde estuvo su poca fe? En que, en vez de ser Jesús su primera opción para resolver el problema, ellos confiaron en su experiencia y conocimiento  porque eran pescadores curtidos por los años de trabajo en ese lugar. Finalmente, acudieron a Jesús cuando ya se vieron perdidos.

¿Qué vemos a Jesús hacer en los Evangelios vez tras vez, a pesar de su sabiduría y experiencia, infinitamente superior a la de los apóstoles? Le vemos siempre orando, buscando a Jehová como su única opción en todo momento, en especial, en aquellos momentos más importantes de su vida, en vez de confiar en sí mismo.   

Así puede que nos suceda. Que buscamos primero salir de nuestros problemas y circunstancias difíciles a base de nuestro conocimiento y experiencia, y cuando las cosas salen mal, entonces buscamos a Dios. ¿Es esa la fe que quería Jesús que tuvieran sus apóstoles? ¿Que en momentos de problemas fuera Él la última opción? Uno puede razonar que no tiene nada de malo, en medio de un problema, poner en juego todos los elementos que nos da la experiencia o nuestras propias fuerzas para solucionarlo. Pero, al seguir a Jesús, aprendemos un modelo a imitar.

¿Qué vemos a Jesús hacer en los Evangelios vez tras vez, a pesar de su sabiduría y experiencia, infinitamente superior a la de los apóstoles? Le vemos siempre orando, buscando a Jehová como su única opción en todo momento, en especial, en aquellos momentos más importantes de su vida, en vez de confiar en sí mismo.   

Y, en Mateo 14:31, el hombre de poca fe fue Pedro. Empezó a caminar sobre las aguas, y al ver la tormenta, se empezó a hundir. Una vez llamó a Jesús para que le salvara, este le salvó, y en la barca, ya a salvo, Jesús le dijo además: ¿por qué dudaste?


Fe y Duda. Dos polos opuestos. Y Pedro dejó que uno de los dos prevaleciera: la duda. He aquí un punto clave de cómo los apóstoles pasaron a ser hombres de poca fe, a hombres de fe perfeccionada. Pedro se hundió al ver la tormenta. Pero, tenía en frente a Jesús, podría haber fijado su vista en Él. Porque la fe tiene que ver con la dirección de nuestra visión espiritual: qué vemos, a dónde fijamos la vista. ¿En Dios o en las tormentas de nuestra vida? El Pedro que empezó a caminar sobre las aguas tuvo fe cuando comenzó, pero no tuvo la fe para regresar caminando sobre las aguas. La fe para empezar a seguir a Jesús es de un grado, pero para seguir adelante, y más en medio de las tormentas de la vida, la fe debe transformarse, tiene que crecer, pasar de ser "poca" a una "grande" y perfeccionada fe, al grado que lo considere Dios.
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