11 de febrero de 2011

Jesucristo en el Día del Señor


Juan estaba preso en Patmos. Rondaba los 100 años de edad. ¡Tantas cosas emocionantes había vivido, tanto habían visto sus ojos! Y ahora, las aguas azules del Mediterráneo eran el espejo en el que se miraba. Ahora, en la quietud de los días, contemplaba en retrospectiva su vida, una vida dedicada a la obra de su Señor, Jesucristo. Desde aquel momento en que Juan el Bautista le señaló a Jesucristo, diciéndole “mira, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, nada en su vida fue igual. Pero ahora, preso y envejecido, parecía que su labor en pro del mensaje de Jesús y su difusión, se habían acabado. 

Pero Jesús, ya resucitado, le dijo que él, Juan, “permanecería hasta que Él viniera”, y hasta los discípulos creían que Juan nunca moriría. 

¿Cómo se haría realidad esa frase del Señor Jesús?

De repente a Juan, en Patmos, visiones sobrenaturales comenzaron a sucederle. Una voz le hablaba. ¿Era su imaginación, su deseo de que algo pasara? No. Era el Señor Jesucristo manifestándose a Juan, pues tenía un mensaje importante que darle, un mensaje que provenía del Señor Soberano del Universo, Jehová Dios, Su Padre.

Juan: el visionario de Patmos


¿Qué le pasó a Juan? El espíritu santo de Dios fue utilizado para que, por medio de un ángel, Juan recibiera el mensaje profético más importante de todas las Escrituras inspiradas. Lo que Juan vio y oyó, se trata de la Revelación más trascendental que Dios ha dado a la Humanidad. Dios, como Soberano del Universo, mostró cómo desarrollaría Su propósito a la Humanidad. Y se lo reveló a la Persona más gloriosa, después de Él mismo: Jesucristo. Y fue Jesucristo, a la Diestra del Padre, Quien transmitió fielmente el mensaje del Padre, para que por medio de un ángel, fuera Juan, el apóstol, quien recibiera las Sagradas Declaraciones del Padre.


Así lo indican las palabras de apertura del libro de Apocalipsis o Revelación:

Una revelación por Jesucristo, que Dios le dio, para que mostrara a sus esclavos, las cosas que han de suceder dentro de poco. Y Él (Jesucristo), envió a su ángel y mediante este la manifestó en señales a su esclavo Juan, quien dio testimonio de la palabra que Dios dio y del testimonio que Jesucristo dio, sí, de todas las cosas que vio.

Revelación 1:1-2

Es el contenido del Apocalipsis la Revelación de Jehová a Jesucristo. De Padre a Hijo. Juan, según lo escribió, recibió el Apocalipsis por medio de “señales” que le presentó un ángel, cuyo nombre y rango jamás es revelado. ¿Qué significado tienen dichas “señales”? Según el griego original, la palabra traducida “señales” es sēméion, y significa signo, indicio, un fenómeno o una acción que representa a otro objeto, fenómeno o acción, que puede ser presente o futuro. Una señal es un símbolo, una representación de una realidad.

Y es que Juan es quien VE lo que se le muestra por medio de imágenes y representaciones simbólicas. Por cierto, que el verbo griego “ver”, aparece en el libro de Apocalipsis 47 veces, de las casi 60 veces que aparece este verbo en todo el Nuevo Testamento, lo que indica que Juan realmente fue un observador de visiones, lo que él vio, fue lo que describió en su libro. El Apocalipsis es el registro escrito de lo que Juan vio y oyó en Patmos, por medio de lo que se le mostró. No fue el producto de su imaginación, o alucinaciones. No estuvo nunca bajo el efecto de una droga psicoactiva, como el LSD, la ayahuasca o la dimetiltriptamina, agentes que son capaces de crear estados alterados de consciencia.  Juan, lo que vio, lo observó, fue la manifestación sobrenatural de imágenes percibidas en su mente, mientras estaba despierto, imágenes que quedaron grabadas en la mente Juan, sin alteraciones. Juan pudo describir y registrar lo que vio en sus propias palabras.

Procesamiento de la ayahuasca, planta con propiedades psicoactivas
Esto nos lleva al punto de considerar, ¿qué es el Apocalipsis? El nombre griego Apokálypsis, significa “descubrimiento” o “revelación”. Es un nombre más que adecuado para una información que muestra asuntos y acontecimientos que, desde la perspectiva de Juan, ocurrirían en el futuro, y que hoy día, podríamos decir que los estamos viendo y viviendo.

El Día del Señor


Por inspiración llegué a estar en el día del Señor
Revelación 1:10

La expresión “Día del Señor”, sólo aparece en el Apocalipsis en el capítulo 1 versículo 10. La inspiración, es la del espíritu santo. Es decir, que el contenido de lo que Juan vio, oyó, y por consiguiente escribió, estaba sellado y grabado con el sello divino. Era verdadero, fidedigno.

Lo que Juan vio, provenía de Dios, el Dios de “tiempos señalados”. El Día del Señor es un período de tiempo “señalado” por Dios, en el que Jehová específicamente, ha predeterminado la ocurrencia de los sucesos, realidades y acontecimientos, simbolizados en las visiones del Apocalipsis. Ubicar el cumplimiento de las visiones del Apocalipsis antes o después del Día del Señor, sencillamente, conduce a error. ¿Por qué? Porque lo que Juan vio, corresponde a lo que sucede en el “Día del Señor”, únicamente en ese período de tiempo.

Podemos entenderlo con un ejemplo de la vida real: el período de gestación humano. Son 9 meses de gestación, pero no son 9 meses o 40 semanas en las que suceden acontecimientos “lineales” en la vida de ese nuevo ser. Cada día, cada semana de gestación, forma parte de un proceso, uno que tiene principio y fin, con un resultado programado genéticamente, y culmina con el nacimiento de esa nueva criatura.

Similarmente, el Día del Señor, es ese período de tiempo, señalado por Dios, en el que se desarrollan las realidades predichas en el Apocalipsis, como cumplimiento de un propósito: el de Dios, como se indica en Efesios 1:9-11:

Pues nos ha dado a conocer el secreto sagrado de Su voluntad. Es según su buen placer, que Él (Jehová) se propuso en sí mismo una administración, durante tiempos señalados, a saber:
Reunir todas las cosas de nuevo en el Cristo, las cosas en los cielos y las cosas en la tierra. Reuniéndonos en Cristo… según el propósito de Aquel que opera todas las cosas conforme a la manera como Su voluntad dispone.

¿Cómo sucederían estas cosas? El libro de Apocalipsis muestra el desarrollo gradual de ese propósito de Dios, de reunir Cielos y Tierra en torno a una figura: Cristo Jesús, como la expresión de la voluntad de Dios. Por ello entendemos por qué el ángel que le muestra el Apocalipsis a Juan, le dice que el “dar testimonio de Jesús inspira el profetizar”. El Apocalipsis tiene a un eje: Jesucristo.

Juan es ubicado, por medio del espíritu santo, en una realidad espacio-temporal definida, predeterminada por Dios, en la que suceden, inexorablemente, lo sucesos y realidades que Dios ha establecido. Y esa realidad espacio-temporal definida es el Día del Señor.  

¿Qué sucede durante el Día del Señor?

Sencillamente, todo lo que es predicho en las visiones del Apocalipsis. Por ejemplo, las realidades de las simbólicas 7 Iglesias, la apertura de los 7 sellos, el toque de las 7 trompetas, el sellado de los 144.000, la aparición de la gran multitud o muchedumbre, la guerra en el cielo y la expulsión de Satanás y sus demonios, el derramamiento de los 7 tazones, el juicio a Babilonia la Grande, de los reyes de la Tierra y sus ejércitos, el abismamiento de Satanás, la resurrección de los muertos y el reinado de mil años de Cristo.

Y durante este Día del Señor, hay una figura central: Jesucristo.

Jesús el Cristo en el Día del Señor


Juan conoció a Jesús el Cristo, como un ser humano, como un hombre carne y hueso. También le conoció antes de ser el Cristo, y después de llegar a ser el Cristo, el Mesías, bautizado por Juan el Bautista, recordemos que Jesús era primo de Juan.

Juan tenía una imagen de Jesús. De hecho, Juan estuvo presente en aquella dolorosa tarde en la que el Mesías murió. El recuerdo de ese Jesús moribundo, clamando en su agonía tan siquiera por un poco de agua para calmar la sed, era imborrable.

¿Cómo sería Jesús el Cristo, con TODA su GLORIA? ¿Qué aspecto tendría este Ser, Hijo de Dios, reinando en Su GLORIA en los Cielos?

No podría ser la misma imagen, la misma figura que Él conoció, de aquel carpintero de Nazaret. Definitivamente, Jesucristo, en Su gloria celestial, no era como lo recordaba Juan. Tan impactante fue para Juan ver a Jesucristo con TODA su GLORIA, que él mismo reconoce que “cuando lo vi, caí como muerto a sus pies”. ¿Qué Jesucristo vio Juan, que cayó desfallecido a los pies del Señor?

 La descripción de Juan en Apocalipsis 1:10-18 nos muestra a este Jesucristo, el del Día del Señor:

Por inspiración llegué a estar en el día del Señor. Y oí detrás de mí una voz poderosa como la de una trompeta, y me decía:

“Lo que ves, escríbelo en un rollo y envíalo a las 7 iglesias, de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea”.

Y me di vuelta, para ver la voz que hablaba conmigo, y, habiéndome vuelto, vi 7 candelabros de oro, y en medio de los candelabros a alguien semejante a un hijo de hombre, vestido de una prenda de vestir que llegaba hasta los pies, y ceñido por los pechos con un cinturón de oro.

Además, su cabeza y su cabello eran blancos como lana blanca, como nieve, y sus ojos, eran una llama de fuego. Y sus pies eran como el cobre fino, al fulgurar en el horno. Y su voz era como el sonido de muchas aguas. Y en su mano derecha tenía 7 estrellas, y de su boca salía una aguda espada larga de dos filos, y el semblante de su rostro era como el Sol, cuando resplandece en su poder.
Y cuando lo vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su mano derecha sobre mí y dijo:

No tengas temor. Yo soy el Primero y el Último, y el Viviente. Llegué a estar muerto, pero, ¡mira!, he aquí, que vivo para siempre jamás, y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Este personaje glorioso, resplandeciente, es el Jesucristo en el Día del Señor. Juan estuvo presente durante la transfiguración de Jesús, en la que “su rostro resplandeció como el sol, y sus prendas de vestir exteriores se hicieron esplendorosas como la luz” (Mateo 17:2). Así que este Jesús el Cristo es el Resplandeciente, Su rostro refleja el esplendor radiante de Quien es el Hijo de Dios, el Sol. Jesucristo es superlativamente glorioso, y así se manifiesta durante el Día del Señor. Su pelo blanco como la nieve, Sus ojos llameantes y Su rostro como el Sol resplandeciente y Sus pies, exhiben la belleza espiritual y corporal de Quien es Rey del Reino de Dios.

Esto nos obliga a mirar a otro Jesucristo, durante el Día del Señor. No puede verse ni percibirse a Jesucristo en Su gloria real celestial, con los mismos ojos con los que hemos leído los Evangelios. El Jesús de los Evangelios es uno. El Jesucristo glorificado, Rey, Sumo Sacerdote a la manera de Melquisedec, es otro. Es imposible, después de leer esta descripción, seguirle viendo como un ser moribundo, sangrante. Este Jesucristo no tiene corona de espinas, sino una de oro, de realeza, con un Trono a la Diestra de Dios.  

Hay tanto resplandor, tanta gloria, tanta luz de parte de Jesucristo durante el Día del Señor, que obligadamente, “todo ojo lo verá”, lo quiera la gente o no.

Este Jesucristo inspira temor reverente, porque es Señor, para la gloria de Dios el Padre, Jehová. ¿Percibimos a este Jesucristo glorificado, inspirador de temor? Su voz es como la de “muchas aguas”, y como de una trompeta. Las muchas aguas, nos transmiten la idea que Jesús le dijo a la samaritana, que quien bebiera de él, se convertiría en una fuente de aguas, que impartiría vida eterna. Si el Jesús de hace 2.000 años tenía “dichos de vida eterna”, ¡cuánto más tiene este Jesucristo glorificado, poderosas declaraciones que nos dan luz, verdad y vida! Su voz de trompeta, como si tocase un fuerte cuerno o schófar, nos incita a la acción, a prestar “más de la atención acostumbrada” a la palabra profética de Dios.

Su cabello y cabeza son blancos como lana blanca, como la nieve. Eso refleja sabiduría, la que proviene de una vida larga, con la experiencia que dan los años vividos y lo vivido por Él. Jesús “aprendió la obediencia por las cosas que sufrió”, por haber sido llamado Sumo Sacerdote a la manera de Melquisedec. Lo que Él vivió antes de venir a la Tierra, y Su proceder de fidelidad al Padre, tratando con lo humano, le facultaron para ser un Sumo Sacerdote misericordioso, compasivo, probado en todo sentido como un ser humano, pero sin pecado. Está capacitado para enseñarnos a adorar al Padre con espíritu y con verdad, para ayudarnos a eliminar de nuestro interior todo defecto y error que nos aleja del Padre, y de la vida “que verdaderamente es vida”.

Sus ojos son una llama de fuego. Todo lo ve, nada se le escapa. Ve hasta lo más profundo de las emociones humanas. No es posible engañarle, o que Él no perciba la hipocresía y error de los falsos Cristos y Profetas. Sus pies como el cobre fino, reflejan el valor de una vida en la Tierra, dedicada al Padre, y a la obra que se le entregó. Recordamos cuando dijo “se ha realizado”. Sí, Jesús realizó todo lo que Su Padre le encomendó.

Esta descripción que da Juan del Jesucristo glorificado, nos indica que hay mucho más de Jesucristo por aprender, por conocer, y por imitar como seguidores de Él. La figura de Jesucristo es eje central de nuestra vida. La pregunta es: ¿es Jesús el Cristo, el eje central de nuestra vida espiritual, como nuestro camino para llegar al Padre? Jesucristo glorificado tiene pleno poder espiritual como Rey y como Sumo Sacerdote a la manera de Melquisedec, para generar esa nueva relación de hijos e hijas del Padre. Ver y percibir a Jesucristo, glorificado, nos abre las puertas del entendimiento y la consciencia de los secretos sagrados del Apocalipsis, pues quién mejor que Él mismo para guiarnos en el entendimiento de las cosas predichas.


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