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domingo, abril 23, 2017

ESTO... también PASARÁ

"Acabo de traer un gran anillo de mi última conquista" dijo el monarca; "es muy valioso y además me da la posibilidad que puedo guardar algo más valioso aun, en su interior. Necesito que ustedes, al final del día, me den una frase que sea lo más sabio que ningún mortal haya escuchado jamás. Quiero que arriben a una conclusión de sabiduría y luego lo escriban en un papel diminuto. Luego, yo guardaré esa frase en mi anillo. Y si algún día, el infortunio permitiera que me encuentre en medio de una crisis muy profunda, abriré mi anillo y estoy seguro que esa frase me ayudará en el peor momento de mi vida".

Así que los sabios pasaron el resto del día debatiendo cuál sería esa frase que resumiría toda la sabiduría que ningún humano había oído jamás. 
Cuando cayó la noche, uno de los eruditos del reino, en representación de todos los demás, se acercó al rey con una frase escrita en un pequeño papel.

"Aquí está, su Majestad. Solo tiene que guardarlo en su anillo y leerlo en caso que una gran crisis golpee su vida y su reino".

El monarca guardó el papel en su anillo y se olvidó del tema.

A los pocos años, el reino era saqueado por los enemigos y el palacio quedó reducido a escombros. El rey logró escapar entre las sombras y se ocultó entre unas rocas, en las afueras de su devastada corte. Allí, observando un precipicio, consideró la posibilidad de quitarse la vida arrojándose al vacío, antes de caer en manos enemigas. Fue cuando recordó que aún conservaba el anillo, decidió abrirlo, desenroscó el diminuto papel y leyó, “ESTO también PASARÁ”. El rey sonrió en silencio, y cobró ánimo para ocultarse en una cueva, en medio de la oscuridad, hasta que ya no corriera peligro.

La leyenda dice que veinte años después, el rey había recuperado todo su esplendor, a fuerza de nuevas batallas y conquistas. El trago amargo había quedado atrás, y ahora regresaba triunfante de la guerra, en medio de vítores y palmas de una multitud que no dejaba de ovacionarlo. Uno de los antiguos sabios que caminaba al lado del carruaje real, ya anciano, le susurró al rey, "Su majestad, creo que hoy también debería volver a mirar el interior de su anillo".

¿Ahora?

"Para qué habría de hacerlo? No estoy en medio de una crisis, sino todo lo contrario", replicó el rey.




"Es que esa frase no sólo fue escrita para los momentos difíciles, sino también para cuando crea que todo lo bueno pareciera que ha de perdurar por la eternidad".

El rey, en medio de los aplausos, abrió el anillo y volvió a leer, “ESTO también PASARÁ”, y descubrió en ese mismo instante, que sentía la misma paz que tuvo cuando estaba a punto de quitarse la vida. El mismo sosiego, la misma mesura lo invadió por completo. 


Aquel día descubrió que la frase que los sabios le habían entregado era para leerla en las derrotas y por sobre todo, en los tiempos de victoria.


Fin de la historia.

Esta historia nos recuerda algo: que TODO cambia. Que siempre necesitamos una poderosa fuerza divina que nos renueve. Una fuerza que nos da la certeza de que, lo que sea que estemos pasando, no es eterno. Pasa. Cambia.

Las Escrituras reconocen que nos desgastamos. Nos cansamos, los problemas cansan, merman nuestras fuerzas, el ánimo, las ganas de seguir adelante. Pero para el creyente, hay una constante renovación. Increíble, pero cierto. Hay nuevas fuerzas, nuevo empuje, ganas de salir a comerse al mundo, aunque las situaciones parezcan sin remedio.

Los sufrimientos son ligeros y efímeros. Eso quiere decir que lo que hoy nos atormenta, es algo leve y efímero, es transitorio, momentáneo. ¿Cómo pensar eso, si acabo de quedar sin empleo, o estoy en una grave crisis de pareja, o con una enfermedad con la que llevo años lidiando? En estas palabras, el apóstol Pablo detona nuestra imaginación, nos hace pensar en lo eterno, lo trascendente. Nuestros problemas, independientemente de lo que duran, ante la eternidad puesta delante del creyente, no duran tanto.

Nos vemos atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos.

2 Corintios 4:8, 9
Nueva Versión Internacional (NVI)

Por supuesto, eso no significa que no vamos a hacer nada por mejorar nuestra situación, o que nos vamos a sentar a esperar que las cosas caigan del cielo. Si uno tiene en sus manos hacer algo para mejorar su situación, debe hacerlo. ¿Está sin empleo? Busque uno, o mejor, inicie un negocio. Atrévase. ¿Está en una crisis de pareja? Busque soluciones, en pareja, resuélvase a hacer su parte. El asunto es no dejarse ahogar en los problemas, no verlos como un enorme Goliat, que nos va a acabar. Tenemos la posibilidad de generar los cambios, de hacer que las cosas sucedan para mejorar nuestra situación.

Por supuesto, también hay que reconocer que nos sentimos como Pablo describió:


atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos.

2 Corintios 4:8, 9
Nueva Versión Internacional (NVI)


Note los contrastes: atribulado, pero no abatido. Los problemas nos afectan, pero no nos dejan abatidos, sin capacidad de respuesta, como si se nos paralizara. Perplejos, sí, así nos sentimos ante las circunstancias que nos afectan, pero no desesperados, como creyendo que no hay esperanza. Perseguidos, cuando varias cuestiones parecen atacarnos, pero no abandonados, porque el Padre y el Hijo jamás nos abandonan, o dejan a merced de quienes nos quieren perjudicar.

Y la frase final es impactante: DERRIBADOS, PERO NO DESTRUIDOS. Sí, puede que hasta se nos derribe, pero con la fuerza que da YHWH, nos levantamos y seguimos adelante. El problema no es caer, el problema es quedarse en el suelo, y que nos guste quedarnos así.

Los problemas no duran para siempre. Todo pasa. Todo cambia.

ESTO... también PASARÁ...