La fe de una madre

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Por fin amanece. Ha sido una noche larga. Con ojos cansados, la madre se levanta, para enfrentar un nuevo día. Un día que sabe será difícil, pues su hija tiene un problema: está endemoniada. De hecho, desde que su hija sufre ese mal, ha buscado por todos los medios posibles curarla, ayudarla, pero todo ha sido en vano. Ha perdido dinero, energías y emociones. Verla en ese estado, sin poder hacer nada por ella, la hace sentir frustrada, impotente, es como si una estaca la llevara clavada en su pecho.

Sale de casa a comprar algo para comer. Las calles de Tiro y Sidón están llenas de gente, que compra, vende, en fin, todo transcurre con normalidad. ¡Ojalá su vida fuera normal! Pero se entera de que alguien está en la ciudad: Jesús. Sí, el mismo Jesús que es conocido en Galilea y Judea como alguien que sana a los enfermos y expulsa demonios. Inmediatamente, la mujer siente en su corazón una luz de esperanza, pues este hombre, Jesús, sí puede sanar a su hija, liberarla del yugo de ese espíritu maligno. 

De prisa, llega a la casa donde se encuentra hospedado Jesús. Tan pronto llega a Él, se postra delante de Él y le dice:  

-Apiádate de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija está muy endemoniada.

Sin embargo, Jesús no le dice nada.

Jesús sigue su camino, pues deseaba descansar, pasar desapercibido de la gente. Pero la mujer, la madre, no ceja en su empeño. Los discípulos de Jesús le dicen que la despida, pues clamaba sin cesar por ayuda. Jesús la ignora y dice que sólo ayuda a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

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Sin embargo, esta madre no se va. Se queda, sigue insistiendo, sigue buscando, sigue tocando las puertas del corazón de Jesús. Se le acerca y se postra ante él. Le pide:

-¡Señor, ayúdame!

La mujer no ha recibido respuesta de Jesús, hasta que Él por fin le dice:

-No es bueno tomar del pan de los hijos y darlo a los perritos.

La mujer escucha estas palabras. Entiende que Jesús es judío, y ella una mujer de otra nación, que no merece el favor y atención que pide. Pero insiste con humildad y contesta:

-Cierto Señor. Pero los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

-¡Oh mujer, cuán grande es tu fe!  Que suceda según lo deseas.

La mujer regresa a su casa, corriendo, con una mezcla de expectativa y deseo. ¡Por fin su hija está libre de ese mal que la atormenta! Salió de delante de Jesús con una palabra, una palabra de parte de Él que le asegura que su hija será curada. Ella regresa a casa, corriendo, entra y ¡sí! Su hija está sana, en la cama (el relato está en Marcos 7:24-30).

En esta historia, podemos ver la fe de una madre. Una madre que no se dio por vencida en cuanto a ver sana a su hija, y tuvo la oportunidad de hacerlo y lo logró. En estos tiempos, cuántas madres no sufren por sus hijos e hijas. Alcohol, drogas, violencia, la falta de oportunidades, depresión, y muchos males, lamentablemente, afectan a hijos e hijas. Particularmente, hay madres luchando solas, criando solas, trabajando solas por sacar adelante a sus hijos e hijas, para procurarles una vida mejor y una educación adecuada.

Sin embargo, a veces parece que tanto esfuerzo es en vano. Los hijos o hijas no responden a la guía y dirección de sus madres. Es como si estuvieran poseídos por un espíritu de rebeldía y de ignorar que sus madres quieren lo mejor para ellos y ellas. Muchas de esas madres, oran, suplican, y luchan a través de su fe.

La fe de una madre, y en este caso en particular lo demuestra así, puede obrar milagros y hacer la diferencia en la vida de los hijos e hijas. No importa si estos no escuchan, parecen indiferentes o dan la impresión de ser un caso perdido. Madre, eres la que con tu fe puedes ayudar a que tus hijos reaccionen de su camino y se acerquen a Dios. Dios es Padre y Madre también, y sabe lo que significan cada uno de Sus hijos e hijas, y Él no se da por vencido. Cierto, a veces pareciera que, como en el caso de Jesús cuando al principio no ayudó a la mujer,  que Dios no hace “nada”. 

No es verdad, Dios ayuda, pero es la fe de la madre la que mueve la acción de Dios, en el corazón de los hijos e hijas. Así como la madre de este relato abogó por este milagro, pide tú al Padre a que toque el corazón de tu hijo o tu hija. En el milagro ya mencionado, Jesús obró en el corazón de la muchacha, y expulsó al demonio. Así, Dios puede ayudar a que salgan del corazón de tus hijos pensamientos dañinos, negativos, o ese mal proceder que debe ser corregido. 

Jesús sanó a la hija de la mujer, y su fe fue recompensada. Pero la perseverancia, la fe y la constancia fueron claves. Esa es la fe de la madre: perseverante, constante, abnegada y llena de amor. Y el Dios de amor, Jehová, te ayudará a guiar a tus hijos o hijas. Sólo ten fe, la fe de la madre.     



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