Ser como el águila... o como la gallina

Un día, un hombre se encontró con un huevo en el camino. Era el huevo de un águila. Lo levantó del suelo y al llegar a su granja lo colocó en el nido de una de sus gallinas.


Pasó el tiempo, y el aguilucho salió del cascarón, criándose como un polluelo más en la granja. La verdad, el águila pasó su vida comportándose como una gallina. Y hacía... lo que hace una gallina, rascaba la tierra, buscando semillas e insectos para alimentarse. 

Cacareaba y cloqueaba como las gallinas. 

Si quería volar, batía levemente sus alas de modo que apenas se elevaba un metro sobre el suelo. Nada de eso le parecía anormal ya que así era como se comportaban las demás gallinas. Era una gallina.

Un día vio que un ave majestuosa volaba por el cielo despejado. 

-¡Qué hermosa ave! -le dijo a una de las gallinas que se hallaba a su lado. ¿Qué tipo de ave es esa?
 
-Es un águila, la reina de las aves – le contesto su compañera. Pero no te hagas ilusiones y ya no la mires más que tú nunca serás como ella. El águila se dejó llevar por los consejos de las otras gallinas y simplemente dejó de prestarle atención a las águilas que volaban sobre la granja.

Pasaron los años y sucedió que el águila ya no pudo ignorar más a su corazón que le gritaba desde su interior: 

“Perteneces al cielo y no a la tierra, así que abre tus alas y vuela”.

Miró hacia el cielo anhelando una nueva vida, desplegó sus potentes alas. Adoptó una postura gallarda y soberana y… voló.
 
Tocó las alturas y sintió un éxtasis infinito, se elevó cada vez más alto.

¡Nunca más volvió a ser una gallina!