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lunes, noviembre 25, 2013

Lo que enseñan las Escrituras sobre los espíritus malignos



Jesús desciende de una montaña, junto con Pedro, Santiago y Juan. Ha sucedido durante la noche la Transfiguración, aquel suceso en el que Jesús es visto de una manera especial, pues es vista su figura como si el Reino de Dios ya hubiera venido en poder.

La Transfiguración de Jesús visto con poder real celestial sucede en la noche. Pero al día siguiente, Jesús, al descender de la montaña, tiene que atender un problema. Sus otros discípulos intentaron expulsar un espíritu maligno de un muchacho, a quien su padre llevó con mucho esfuerzo a los apóstoles. Impotentes, los otros 9 apóstoles, no son capaces de ayudar al muchacho, situación que aprovechan algunos escribas para disputar y contender con los discípulos. 

Finalmente, Jesús expulsa a ese ente maligno del muchacho, y la multitud se dispersa. Los apóstoles, no están conformes con lo sucedido. 

¿Por qué no pudieron ellos expulsar a ese espíritu maligno? Ya lo habían logrado, en el pasado, pues Jesús les había dado "potestad contra los espíritus inmundos, para que los echasen fuera" (Mateo 10:1, 8). Ellos tenían autoridad sobre todos los demonios (Lucas 9:1). 

La respuesta de Jesús fue que ese "género por nada puede salir, sino por oración" según Marcos 9:29. 

¿Género? ¿De qué hablaba Jesús? 

Jesús conocía muy bien a los espíritus malignos, a todos ellos. Antes de venir a la Tierra, Jesús estuvo en el Cielo, en la morada del Padre, en el mundo espiritual. Allí, como el Primer Ser creado por YHWH, tuvo la oportunidad de ser partícipe de la Creación de todas las cosas en los Cielos, o la morada celestial del Padre (Colosenses 1:16). Era conocedor de cada ángel, serafín, y querubín creado por Dios. 

Y también fue testigo de cómo un día, un querubín, mintió a Eva, la primera mujer, arrastrándola a una rebelión contra YHWH, que se completó con la desobediencia de Adán. Sí, todo ello lo sabía Jesús.

Fue Jesús, el Gran Maestro, quien durante Su ministerio dio mayores detalles sobre el mayor de los espíritus malignos, Satanás, o Diablo, y los llamados espíritus malignos, o demonios. 

No ha sido la voluntad de Dios correr un velo de ignorancia y temor hacia esos seres. Desde el mismísimo Génesis, se nos ha revelado que ha sido Satanás y sus demonios quienes han sido responsables en gran medida de los males que aquejan al mundo. Fueron ellos quienes vinieron a la Tierra, a dejar su lugar y posición en los Cielos, y procrearon a los llamados nefilim, los gigantes violentos que fueron destruidos en el Diluvio (Judas 6). 

Mentiras, violencia, destrucción, manipulación, son algunas de las estrategias que han usado a los largo de los siglos estos seres, con el fin de mantener sometidos y bajo ignorancia a la Humanidad. No es de extrañar que hoy en día, exista tanta información diversa sobre estos seres, a quienes se les presenta de forma muy diferente a lo que sí dicen las Escrituras.

Las Escrituras indican que estos seres eran ángeles, serafines o querubines, que se rebelaron contra YHWH, y que son una cantidad que en el Apocalipsis se describa como la "tercera parte" de las "estrellas del Cielo" o ángeles, arrojados a la Tierra, degradados y rebajados de la gracia divina (Revelación 12:4).

Son espíritus, no son de carne y hueso, no son materia orgánica. No se ven, no se palpan. Pero existen, son reales. Jesús, desde el mismísimo principio de Su misión, tuvo que enfrentarse a Satanás, recordamos las famosas 3 tentaciones (Mateo 4:1-11). Los evangelios nos relatan ocasiones en las que Jesús expulsó demonios, como el suceso ya mencionado. En esas expulsiones Jesús, con el poder del espíritu santo de Dios, quitó el control e influencia que un espíritu maligno, o varios, tenían sobre una persona.

Tengamos presente que dichos espíritus malignos eran criaturas celestiales, espíritus diseñados para hacer el bien y la voluntad divina. Por tanto, tenían capacidades como las de ver el futuro, tener fuerza y poder sobre el fuego, el agua o los vientos. Capacidades como estas y otras, fueron limitadas por Dios, pues es, en resumen, sólo YHWH quien domina sobre la Humanidad y la Creación, lo que incluye a los ángeles, sean estos leales a Dios o no.

Las Escrituras dejan claro que es YHWH Quien domina sobre todo espíritu, sobre todo cuanto existe. Por tanto no existe ni existirá espíritu o conjunto de espíritus que sea más poderoso que YHWH ni Su Hijo, Jesucristo, Rey de Reyes y Señor de Señores. Y, quien busca refugio en Dios y Jesús, puede vencer y es "más que vencedor" sobre todo ente maligno (Romanos 8:37; Efesios 6:11; 1 Pedro 5:8, 9). 



Es sano y apropiado tener presente que estos seres malignos existen, pero sin caer en la actitud de temor mórbido que algunos desarrollan, atribuyéndoles a estos seres un poder y una influencia que pareciera hasta mayor que la de Dios mismo. Cierto se ha explotado el tema de estos seres y sus actividades en películas, programas de T. V. y redes sociales. Cada persona es libre de dar cabida o no a estos seres, quienes se deleitan en esa sensación de fascinación y temor que despiertan.

Vale la pena aclarar, que los demonios sí sienten temor mórbido, pavor. En Santiago 2:19 leemos:

Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan

La palabra usada aquí tiemblanphrissousin, sólo aparece en este versículo de toda la Escritura. Esto significa, literalmente, que, a los demonios, se les "erizan" los pelos, aludiendo a esa reacción de susto o temblar de miedo. De modo que, aunque los demonios no son leales a Dios, sí son muy conscientes de que YHWH es poderoso, hasta el grado de tenerle miedo o asustarse de Él. No es de extrañar que Jesús dijera que, si había que temerle a Alguien, se temiera a Dios, quien es un fuego consumidor, y caer en Sus manos es una "cosa horrenda" (Isaías 33:14; Lucas 12:5; Hebreos 10:31; 12:29).


Con oración, fe y conocimiento, las Escrituras nos instan a no temer a estos seres, y protegerse de ellos confiando en el poder de Dios. Jesús no nos enseñó a someternos y quedar bajo cadenas de ignorancia y error, sino a adquirir ese verdadero conocimiento de Dios que nos hace libres (Juan 8:32, 17:3).