CRISTO: El secreto sagrado de Dios



Para un cristiano o cristiana, es un auténtico desafío espiritual tener un conocimiento exacto sobre el Cristo. ¿Por qué? Pensemos en lo siguiente: los apóstoles, esos hombres que caminaron junto a Jesús, que le vieron hacer milagros, que escucharon su enseñanza día tras día, tuvieron que esperar para poder tener una comprensión sobre el verdadero papel de Jesucristo en el propósito divino. No fue sino hasta años después de la resurrección de Jesucristo, junto a revelación con espíritu santo, que se llegó a iniciar un entendimiento sobre aquel hombre que dijo de sí mismo que era el “camino, la verdad y la vida”.

¿Qué hay de este tiempo?

La necesidad de tener una clara comprensión del Cristo puede significar una diferencia en nuestras vidas. Si vemos a Jesucristo como una figura distante, en el Cielo, sin mayor poder de intervenir en nuestras vidas, ¿vale la pena seguirle? Desde luego que no. Como dijo Pablo:

“Si lo único que hemos hecho en esta vida es esperar en Cristo, y Él no resucitó y está vivo, de todos los hombres, somos los más dignos de lástima”
1 Corintios 15:14-18

En pocas palabras: seguir a Cristo, significa seguir a alguien que tiene un propósito divino que cumplir en nuestras vidas.

Y, ciertamente, como lo dijo Pablo, si ese Cristo está vivo, entonces eso debe de tener impacto en mi vida.


Podemos entender mejor lo que representa Cristo para cada persona, leyendo con detenimiento estas palabras de Pablo a los Colosenses:
  
Para que los corazones de ellos sean consolados, a fin de que ellos estén unidos en amor, y con el objetivo de alcanzar todas las riquezas de la plena certeza de su entendimiento, con miras a un conocimiento exacto del secreto sagrado de Dios, a saber, Cristo. En quien cuidadosamente ocultos están todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Les digo esto para que nadie les haga trucos mentales con argumentos persuasivos.
(Colosenses 2:2-5)

Notemos que, según las palabras de Pablo, los corazones de ellos serían consolados, y unidos en amor. ¿Cómo? Teniendo un conocimiento exacto del secreto sagrado de Dios: Cristo. ¿Quién no quiere hoy día tener un corazón consolado y lleno del amor del Padre? Pero para tenerlos, hay que tener conocimiento exacto del Cristo. De hecho, Pablo mencionó que había quienes hacían “trucos mentales”, con argumentos persuasivos, para hacer creer a la gente diversas enseñanzas sobre Jesús, que no recalcaban su papel en el propósito divino.

Eso nos recuerda lo que dijo Jesús: “La verdad los hará libres”. Cuando aprendemos sobre Jesús, las verdades que Dios va dando a conocer, eso nos permite ahondar en la profunda y rica sabiduría de Jehová, y se traduce en resultados y bendiciones en nuestra vida.

Conocimiento exacto del CristoCómo alcanzarlo

En cierta ocasión, Jesús preguntó directa y claramente a sus apóstoles sobre quién creían ellos que era Él.

Pedro dijo:
Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo

Luego Jesús añadió:
Feliz eres Simón, hijo de Juan, de que carne y sangre no te lo reveló, sino mi Padre que está en los Cielos.

¿Captamos el punto? Pedro sabía con certeza que Jesús de Nazaret era el Cristo, pero no por haberlo visto hacer milagros o por su enseñanza, sino por la revelación que Jehová Dios hizo a su corazón y espíritu. He aquí un punto importante: la diferencia entre conocer al Jesús de Nazaret histórico, mencionado en los evangelios, y conocer al Cristo revelado por Jehová Dios. El Cristo revelado, nos permite la gracia divina de comprender el cómo Dios desarrolla Su propósito con relación a sí mismo y a la Humanidad.    

¿Qué cosas nos revela Dios sobre el Cristo resucitado?

Dios quería habitar con el hombre y la mujer para, a través de ellos, consumar su propósito eterno. El gran Dios que se paseaba en el Edén (Génesis 3:8) y que comió con Abraham (Génesis 18:8) quería ir más allá que eso: quería habitar con el hombre y la mujer, con una relación de hijas e hijos amados, en plenitud de amor. ¿Recuerda el Tabernáculo? Así, en medio del Desierto, en medio de la soledad, Jehová tuvo un tienda, en medio de las tiendas de hombres y mujeres. La razón de ser del tabernáculo en el desierto es que Dios quería habitar con el hombre y la mujer.

Pero, ¿era ese tabernáculo la expresión perfecta de este deseo de Dios? Por supuesto que no. El Tabernáculo era un modelo acerca del Cristo, el cual habría de ser la verdadera habitación de Dios entre los hombres y mujeres, de toda raza, tribu, pueblo, lengua y nación.

Cuando hace 2.000 años tuvo lugar la encarnación del Cristo (y el Verbo se hizo Carne), es decir, la manifestación de la Divinidad en un Hombre para que habitase entre los hombres, era un hecho tan fundamental que el Padre hizo los preparativos con tiempo, y fue dejando una estela de avisos, que se hacían más patentes en la medida que se acercaba el día. Como las fechas largamente esperadas, que se acarician en el corazón, y se planifican en sus más mínimos detalles, así fue la preparación del día glorioso en que el Verbo habría de hacerse carneAhora Dios no habitaría en un edificio, sino en una Persona. No en una casa hecha por manos humanas, sino en su mismísimo Hijo, quien sería “Emmanuel”, “Dios con nosotros”. (Mateo 1:23). “Dios estaba en Cristo ...”, dice Pablo en 2ª Corintios 5:19. El Señor Jesús dijo: “Y creáis que el Padre está en mí” (Juan 10:38). “El Padre (es) en mí” (Juan 14:11). “Tú en mí” dijo el Señor al Padre en su oración de Juan 17 (v.23).

Sin embargo, todavía no era el cumplimiento del deseo íntimo de Dios. Dios no sólo quería habitar entre los hombres y mujeres, como en tiempos del Tabernáculo, ni sólo con los hombres y mujeres, sino en, es decir, dentro del hombre.

En definitiva, entendemos que el conocimiento exacto del Cristo es sencillo, precioso, profundo, y manifestado por medio del espíritu santo de Dios, medio del que se vale Jehová para revelar esas riquezas y tesoros encriptados en Cristo Jesús. Accedemos a ellos si hacemos como enseñó Jesús en su parábola del hombre que buscaba perlas excelentes, si estamos dispuestos a hallar esa perlas de gran valor sobre el Cristo, dejando todo lo que tengamos que dejar atrás, en pos de tener el acceso a comprar de Dios esas riquezas de conocimiento.  
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