18 de mayo de 2010

Qué es el corazón

Se dice que sólo Dios conoce el corazón.

Cuando Dios ve el corazón, ¿qué es lo que ve?

Cuando Dios conoce el corazón, ¿qué es lo que conoce?

Cuando Dios prueba el corazón, ¿que prueba realmente?

Cuando Dios refina el corazón, ¿qué refina?

Cuando Dios se entera de los secretos del corazón, ¿qué llega a saber?
Alguna vez nos hemos preguntado qué es el corazón.

Por ejemplo, sabemos que existe un corazón físico, literal, que bombea la sangre cada segundo de nuestra vida, que late 100.000 veces al día para, a través de los 96.000 kilómetros que tiene el sistema cardiovascular, irrigar con 7.600 litros de sangre sostenedora de vida, a nuestro cuerpo y mantenerlo vivo. En el cuerpo no existe otro músculo que trabaje tanto, por tanto tiempo, década tras década, y con mayor constancia, que el corazón. Bajo el efecto de la tensión emocional o de un ejercicio vigoroso puede quintuplicar su rendimiento. Solo el cerebro requiere más nutrición y oxígeno que el corazón.

Pero, al analizar la siguiente cita bíblica:

Pero Jehová dijo a Samuel: “No mires su apariencia ni lo alto de su estatura, porque lo he rechazado. Porque no de la manera como el hombre ve es como Dios ve, porque el
simple hombre ve lo que aparece a los ojos; pero en cuanto a Jehová, él ve lo que es el corazón”.
1 Samuel 16:7

¿Qué ve Dios, al corazón físico?

Es interesante saber que los antiguos egipcios creían que el corazón físico era el asiento de la inteligencia y de las emociones. También creían que tenía voluntad propia. Los babilonios decían que el corazón abrigaba tanto el intelecto como el amor. Y el filósofo griego Aristóteles enseñaba que el corazón era el asiento de los sentidos y el ámbito del alma.

Sabemos que no es el corazón literal el asiento del corazón simbólico del que habla la Biblia.

No existe una definición del tipo Diccionario Larousse que nos defina qué es el corazón figurado. De hecho, la Biblia al mencionar el corazón, hace referencia a términos como los siguientes:

Y tú, Salomón, hijo mío, conoce al Dios de tu padre y sírvele con corazón completo y con alma deleitosa; porque todos los corazones Jehová los está escudriñando, y toda inclinación de los pensamientos la está discerniendo. Si tú lo buscas, él se dejará hallar de ti; pero si lo dejas, él te desechará para siempre.
1 Crónicas 28:9

Escudríñame completamente, oh Dios, y conoce mi corazón. Examíname, y conoce mis pensamientos inquietantes.
Salmo 139:23

Sin embargo, el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del espíritu, porque este aboga en conformidad con Dios por los santos.
Romanos 8:27

El corazón es la sede de los sentimientos y emociones, deseos y pasiones. Es el asiento del entendimiento, la fuente del pensamiento y la meditación. La voluntad, la fuente de las decisiones.

El corazón es el centro del hombre y la mujer, en el cual Dios fija su atención, es de donde mana o brota la vida. Emociones y motivaciones moran en este corazón figurativo.

Uno de los pasajes bíblicos más mencionados para hablar del corazón es uno que escribió Jeremías:


El corazón es más traicionero que cualquier otra cosa, y es desesperado. ¿Quién puede conocerlo?


El corazón humano, según escribió Jeremías, es traicionero. ¿Qué significa eso?

Jeremías hablaba de los judíos de su tiempo, de su corazón. En hebreo, la palabra "traicionero" significa "engañoso"—de una raíz que significa “el que echa la zancadilla”. Al decir de los judíos de tiempos de Jeremías que son engañosos o traicioneros de corazón, el profeta usa una palabra que alude a un engañoso proceder, en el que los judíos abandonan a Jehová para “confiar en el hombre”, y luego creer que engañan a Dios, como si escapase a su conocimiento que es en el hombre y no en él en quien confían.

He aquí una descripción del corazón humano: es traicionero, se engaña a sí mismo, con argumentos y razones falsos, equivocados. El ejemplo histórico que alude el profeta Jeremías, se extiende al corazón humano en general. Tiende a autoengañarse, con razonamientos y argumentos, pero estos son equivocados.

También es desesperado, actúa precipitadamente, lo quiere todo YA, ahora mismo.

La pregunta de ¿quién puede conocerlo? sobre el corazón, muestra que es imposible para el hombre o la mujer conocer su propio corazón.

Y aquí encontramos una de las preguntas planteadas al inicio:

Cuando Dios conoce el corazón, ¿qué es lo que conoce?

Nuevamente nos dirigimos a la misma cita de Jeremías 17:9, pero ahora la veremos junto al versículo siguiente, el 10, para ver el cuadro completo y hallar la respuesta de la pregunta:

El corazón es más traicionero que cualquier otra cosa, y es desesperado. ¿Quién puede conocerlo? Yo, Jehová, estoy escudriñando el corazón, examinando los riñones, aun para dar a cada uno conforme a sus caminos, conforme al fruto de sus tratos.
Jeremías 17:9-10


¿Quién puede conocerlo (al corazón)? Yo, Jehová.

Pero Dios conoce corazón y riñones. Así que no se puede conocer sólo el corazón figurado, también hay que conocer los riñones.

Y los riñones son:

Los aspectos más íntimos de la personalidad. Los pensamientos más íntimos y las emociones más profundas. Lo más profundo de su personalidad. Los motivos.

Ese conjunto de pensamientos, inclinaciones e intenciones verdaderas, junto con sus motivaciones reales y las acciones que se producen, es lo que conoce Dios de cada un@ de nosotr@s, junto con la voluntad que cada cual tiene.

¿Cómo Dios llega a conocer TODO eso de cada un@ de nosotr@s? Nos refina. Nos prueba. Nos escudriña completamente. Nos examina.

En pocas palabras: Dios observa cómo reaccionamos ante los problemas. Ante aquellas situaciones en las que se exponen los propios errores y equivocaciones. Cuando quedamos totalmente expuestos ante la realidad de las circunstancias.

Esto se entiende mejor con 2 ejemplos, diametralmente opuestos.

Por ejemplo, ¿cómo reaccionó Abrahán cuando Dios le pidió que le ofreciera a Isaac en sacrificio?

Responde la Biblia:

De modo que Abrahán se levantó muy de mañana y aparejó su asno y tomó consigo a dos de sus servidores y a Isaac su hijo; y partió la leña para la ofrenda quemada. Entonces se levantó y emprendió el viaje al lugar que le designó el Dios verdadero.
Génesis 22:3

Abrahán, al día siguiente, se levantó bien temprano e hizo lo que tenía que hacer: ir a hacer lo que le pidió Dios.

No se quejó a Dios. No lo cuestionó. No se puso a culpar a Dios por darle un hijo para mandarlo a matar ahora.

Otro ejemplo:

¿Cómo reaccionaron los líderes religiosos del tiempo de Jesús, cuando él expulsó del Templo a quienes vendían animales para las ofrendas? Por cierto, los dueños del negocio lucrativo de vender animales en el Templo de Jerusalén eran los sacerdotes, los que deberían haber sido los primeros en evitar que el Templo, la Casa de Dios, se convirtiera en una "cueva de ladrones".

He aquí la reacción, emanada del corazón y los riñones de estos hombres:

Y los sacerdotes principales y los escribas buscaban cómo prenderlo mediante un ardid astuto, y matarlo.
Marcos 14:1

Son 2 caras de una misma moneda: Abrahán y los fariseos.

¿Qué motivó a Abrahán a obedecer a Dios? La fe.

¿Qué motivó a los fariseos a buscar matar a Jesús? No tenían fe.

Respecto a los religiosos de su día, Jesús dijo: “Porque el corazón de este pueblo se ha hecho indispuesto a recibir, y con los oídos han oído sin responder, y han cerrado los ojos; para que nunca vean con los ojos, ni oigan con los oídos, ni capten el sentido de ello con el corazón, y se vuelvan, y yo los sane” (Mateo 13:15).

El corazón, ante las circunstancias, o la influencia de Dios, se dispone o indispone a rrecibir lo que viene de Dios. Es como si no quisiera ver ni escuchar lo que Dios quiere que vean u oigan.

Jesús habló de "captar el sentido de las cosas" con el corazón.

Por eso, ¿qué hace que en un momento dado, una persona manifieste lo que hay en su corazón realmente?

Tomando a los fariseos como ejemplo, los conceptos religiosos preconcebidos hicieron que aquellas personas cerraran sus ojos y oídos. No estuvieron dispuestos emocionalmente a echar a un lado ideas preconcebidas que tenían, sus creencias religiosas, sus propias ideas fueron atrincheradas, enraizadas aún más en su corazón.

Ante las evidencias que les mostraba Jesús, ellos pensaban, analizaban los asuntos, se imaginaban a sí mismos y a la sociedad judía. Si aceptaban a Jesús como Mesías, se les derrumbaba su mundo, su vida. Ya no serían los hombres de poder, los que eran vistos como lo máximo, como reverenciados por los hombres.

Sencillamente, no estaban dispuestos a cambiar. Así de simple. Así se lo pidiera Dios mismo en persona, ellos seguirían con su vida.

Así funciona el corazón. Tiene inclinaciones, intenciones, y estas se pueden cambiar o seguir adelante, según lo que cada quien decida.

Cuando Dios refina el corazón, ¿qué busca realmente? Apelar a los motivos correctos. Aquellas personas, los fariseos, alegaban adorar a Dios, pero practicaban su propia “justicia” para ser vistas por los hombres.

Los ejemplos positivos de personas que sí se dejaron influir por Dios aparecen en la Biblia:

Jehosafat, el rey de Judá, ‘preparó su corazón para buscar al Dios verdadero’. Ana, madre de Samuel, estando afligida, oró con fervor a Jehová, ‘hablaba en su corazón’, y su oración recibió respuesta. María, la madre de Jesús escuchaba, pues se registra que “guardaba cuidadosamente todos estos dichos (referentes al Mesías) en su corazón”. Comenzó a ‘sacar conclusiones en su corazón’ y llegó a ser una discípula fiel de Jesús.

Jehová ayuda a los que con sinceridad le buscan, son temerosos de Dios, y tienen la suficiente humildad y coraje de enrumbarse, de cambiar, si es el caso, dar un giro de 180 grados. Eso implica estar dispuestos emocionalmente a echar a un lado ideas preconcebidas que se tengan, y esto con el deseo de dejar que Dios sea hallado veraz aun si por ello se derrumban nuestras creencias favoritas o puntos de vista doctrinales más atesorados, o sencillamente, nos toca echar por la borda años de creencias religiosas que creíamos eran bien vistas por Jehová.