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miércoles, febrero 09, 2011

El dilema de Adán

Amanece un nuevo día en Edén. Los rayos del Sol iluminan el bello jardín, y todo se transforma. Las aves, con sus alas coloridas, levantan vuelo sobre el horizonte, y las flores inundan con su fragancia todo el lugar. ¡Hay tantas cosas emocionantes por aprender! En Edén todo, en una palabra, es... perfecto.

Adán y Eva, los dueños de casa (el jardín de Edén), han disfrutado de una noche de descanso. El día de ayer fue maravilloso, pero hoy, hay más cosas maravillosas por vivir. Jehová, el Padre, se deleita en abrir su mano, y satisfacer todos sus deseos.

Adán deja sola a Eva, su esposa, durante un momento. Mientras tanto, ella da un agradable paseo por el jardín.

Al rato, Adán regresa para encontrarse con Eva. Pero algo ha pasado. Ella se ve distinta, diferente. En efecto, algo extraordinario ha sucedido. Eva le comenta que en el árbol del conocimiento del Bien y del Mal, había una serpiente, y esta le habló. Era un hecho notorio, porque las serpientes no hablan, y esta conversó con Eva. Además, si la serpiente habló, era importante escucharla, pues, al fin y al cabo, era la más cautelosa, la más astuta de todos los animales del campo. La serpiente estaba allí, enroscada en el árbol del conocimiento del Bien y del Mal y... no estaba muerta. Por el contrario, vivía y hablaba.

Eva siguió contándole a Adán sobre cómo la serpiente le habló sobre el árbol. La serpiente le dijo a Eva que podía comer de su fruto. Sí, era cierto que Dios había dicho que comer de ese fruto equivaldría a morir, pero la serpiente aseguró que eso no sucedería. Es más, declaró que comer de ese fruto tendría consigo un gran beneficio: que sus ojos fueran abiertos y que serían como Dios, conocedores del Bien y el Mal. 

Finalmente Eva, al ver que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió. Y ahora que Adán estaba con ella, pues le tocaba el turno a él de probar de ese fruto.  

¿Qué haría Adán? 

¿Comería del fruto o no?

El dilema 

Un dilema es un problema que puede resolverse mediante 2 soluciones. Implica la duda entre lo que se debe hacer y lo que no. Tiene que ver con lo que una persona sienta que debe hacer. 

Respecto de Adán, el relato del Génesis nos dice sencillamente que él comió del fruto. Y punto final. Sin embargo, la Biblia nos ofrece detalles que indican que para Adán el comer del fruto fue un dilema. Porque Adán nunca nos es mostrado en la Biblia como un robot, un autómata a quien Eva obligó a comer del fruto del árbol. De hecho, hay diferencias entre el accionar de Eva, y el de Adán. Eva fue engañada, cayó víctima del argumento astuto de la serpiente. Un argumento hábilmente urdido, que mezclaba medias verdades, presentadas en forma de pregunta capciosa ("¿de veras Dios les ha dicho que no coman del fruto del árbol?") y mentiras descaradas ("si comen no morirán, y serán como Dios"), con un gran beneficio: ser como Dios, con los ojos plenamente abiertos.

¿Es eso lo que le sucede a Adán? No. Adán no es manipulado con un argumento artificiosamente tramado, que le ofrezca el beneficio de comer del árbol. Adán es consciente, sabe que comer del fruto del árbol equivale a desobedecer a Dios, y eso acarrea la muerte, o como dijo Jehová: "positivamente morirán".

Adán tiene un dilema: escuchar la voz de su esposa, que le induce a comer del fruto, o escuchar la voz de Dios, que le ha dicho que no debe comer del fruto. Adán sabe, es consciente de que Eva le ha fallado a Dios, pues ella no debió comer. ¿Qué haría él?    
Adán tiene la sabiduría, el conocimiento, y la facultad plena de entender la gravedad de la situación. Ya Eva, con su decisión, eligió desobedecer a Dios. Ahora, era su oportunidad de actuar. 

Adán nos es puesto como el ejemplo de un hombre que, frente a una disyuntiva, toma el camino equivocado, pues decide escuchar la voz de su esposa, y no la de Jehová. Adán no tiene dudas sobre cuál será el resultado de comer del fruto del árbol del conocimiento, pues sólo puede haber uno: la muerte. Pero, a pesar de ello, come, y junto a esa decisión, decide por el resto de la Humanidad el camino más doloroso para su prole, aún por nacer.

El dilema de Adán es también nuestro dilema. ¿Qué voz escuchar? ¿La de Dios o la de otros? Jesús habló sobre la característica de las ovejas: ellas escuchan la voz del Pastor, y la siguen. Adán prefirió escuchar a Eva, apegarse a los sentimientos del corazón, del amor mal direccionado. Porque, ¿a quién amar más, a Jehová o a Eva? Y en este sentido, Jesús nos es un ejemplo. 

En Getsemaní, Jesús tenía un dilema: o hacía las cosas a la manera de Dios, o a su manera. "Que se haga TU voluntad, no la mía, no lo que Yo quiero sino lo que TÚ quieres", expresó. Jesús amaba a Jehová, pero tenía Su EGO, Su voluntad, lo que Él quería, que era contraria a la del Padre. Pero, en sumisión y amor al Padre, expresó el famoso "que se haga TU voluntad, no la mía". ¿Podría haber hecho Adán algo similar a eso y rechazar el comer del fruto? Sin duda alguna, sí. 

Nosotros hoy día tenemos el mismo dilema que Adán. El de evitar caer en el engaño, en el argumento capcioso y astuto de quienes buscan propagar sus propios intereses. Está, por un lado, la voz de Jehová, suave, llena de amor, de paz, de verdad y luz, esa que por medio de Cristo Jesús nos indica que hay un camino por el cual acceder al Padre, y hay otras voces, unas, con un aire lleno de miedo e intimidación, y otras, que buscan posicionarse como las "acreditadas" para hablar en el nombre de Dios.

La voz de Dios fue, es y será siempre una sola. El mismo Padre, Abba, que habló a Adán y Eva, es el que habla hoy día de diversas maneras. Si tenemos los oídos entrenados para escuchar Su voz, lo reconoceremos y actuaremos, y no tendremos el dilema de Adán, ni la disyuntiva de la duda, de si vale la pena escuchar a Dios. Para los que aman a Dios, todas las cosas ayudan a bien, y si le escuchamos, sus obras serán para nuestro bien eterno.