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lunes, febrero 21, 2011

La religión, pesada en la balanza


Con la vara que mides, serás medido

Jesucristo

Esta famosa frase la expresó Jesucristo, como parte de su famoso Sermón del Monte. Jesús hizo referencia a un hecho común y corriente en su tiempo, para ilustrar la necesidad de cuidarse de juzgar a otros: la medición, o el medir, usando una vara. En la Ley de Moisés, Jehová estableció la norma que debían llevar los israelitas al medir: 

No deben cometer injusticia al juzgar, al medir, al pesar ni al medir líquidos. Debe suceder que tengan balanzas exactas, pesas exactas, un efá exacto y un hin exacto. Yo soy Jehová su Dios, quien los sacó de la tierra de Egipto.
Levítico 19:35-36

En la vida cotidiana, al comprar aceite, o vino, o trigo, ¿cómo saber que la gente se estaba llevando a casa la cantidad exacta por la que había pagado? Para ello se instruyó que debían existir medidas exactas, de manera tal que todo el mundo comerciara, comprando o vendiendo, sobre un standard de medida que fuera igual para todos.

Notemos que Jesús compara el juzgar a una persona con la medida que se usaba al medir algo. ¿Por qué? Porque el juicio y la medida requieren una cosa: una medida de comparación. Medir es comparar. Se compara una cosa con una medida. Y se busca igualar eso que estamos midiendo con la medida que usamos. Por ejemplo, si queremos comprar un kilo (1.000 gramos) de azúcar, y al pesarla, la balanza indica que pesa 929 gramos, ¿qué hacemos? No pretendemos que la balanza convierta 929 gramos en un kilo. Buscamos que la cantidad de azúcar sea igual a un kilo = 1.000 gramos. Es algo que cotidianamente hacemos todos los días, es parte de nuestra vida.

Así que cuando Jesús nos previno de tener cuidado al juzgar a otros, por que “con la vara que mides, serás medido”, indica que existe una regla o medida con la cual podemos juzgar a otros, y con esa misma vara de medida, se nos juzga a nosotros. Juzgar y medir son acciones equivalentes en sentido espiritual.

Al Dios juzgarnos, lo que hace es medir o comparar lo que somos o hemos hecho con Su Ley. El hombre o mujer ve lo externo. Jehová ve lo interno. Las acciones se ven, pero, ¿qué hay de los motivos  que hay detrás de esas acciones? Dios no sólo juzga las acciones, más allá de eso, juzga los motivos. Es como si tomara nuestro corazón y lo “pesara”. Eso lo demuestra la frase “TEKEL”, que aparece como una de las 4 palabras que escribió el dedo de Dios ante Belsasar aquel día de octubre de 539 a. C. TEKEL significa, según lo interpretó Daniel:

TEkEL: has sido pesado en la balanza y has sido hallado deficiente.
Daniel 5:27

Dios “pesó” en una balanza a Belsasar, y este fue hallado deficiente, lo que significa que lo que él debió ser como hombre y gobernante, no satisfizo las Leyes de Dios. Quizás para los ojos de otros, Belsasar sería un “buen” rey, pero ante Dios, al ser comparado con Su Ley perfecta, era alguien que merecía juicio adverso.


Jesús mismo demostró que la “vara” que Dios usa para juzgar es perfecta, distinta a lo que hacen los seres humanos. Los fariseos y líderes religiosos de Su tiempo, eran hombres “piadosos”, pero Jesús los llamó hipócritas. La palabra griega que se traduce “hipócrita” se refiere a “un actor teatral”. Los actores griegos y romanos llevaban grandes máscaras en escena. Por ello, la palabra griega para “hipócrita” señala a un farsante cuya conducta era sólo teatro, una actuación. Los fariseos engañaban a los hombres y muejres ante los que se exhibían como ejemplos de piedad… no a Dios. Por cierto que los fariseos afirmaban ser siervos de Dios, pero no discernieron el significado de los tiempos en que vivían, ni de los acontecimientos que estaban ocurriendo, aunque sabían interpretar la apariencia de la tierra y del cielo, a fin de determinar las condiciones meteorológicas. 


La medida de Dios: a la manera del Cielo

¿Cómo mide Jehová? Dios mide o compara, y lo hace con estándares que son muy diferentes a los humanos. La adoración a Dios puede ser a la manera humana o divina. La adoración a Dios debe ser a la manera de Dios, y no a la manera del hombre.

¿Cómo medimos los humanos la adoración a Dios?

En base a lo externo, a las obras, a la apariencia de piedad. En ese aspecto, las religiones son expertas, pues miden el éxito de su accionar en base al número de adeptos o seguidores, a la cantidad de lugares de reunión religioso, cantidad de misioneros, estadios llenos, publicaciones… números, estadísticas y edificios son la “garantía” de que se está haciendo la voluntad de Dios.

¿Cómo mide Dios la adoración que se le da? Jesús enseñó que al Padre se le adora en espíritu y verdad. ¿No se supone que las religiones equivalen a adorar a Dios de la forma que enseñó Jesús?


Hay que reconocer que existe un abismo de diferencia entre la prístina, sencilla, vigorosa y profunda enseñanza del Maestro Jesús, que nos marcó el Camino de acercarse a Dios, que nos mostró cómo debe vivirse en la Tierra, cómo amar a Dios, y al prójimo como se ama uno mismo, y las religiones.

Las religiones, e instituciones creadas como medios para acercar a Dios a la humanidad, se distanciaron del origen. Son creaciones de los estudiosos, los que interpretaron lo que Jesús y la Biblia muestra, y adaptaron las enseñanzas a los tiempos que estaban viviendo, combinadas con filosofía, teología y pensadores, que conformaron un sistema de vida, y de pensamiento, construyendo una fe. Fe en la religión, no en Dios. Las organizaciones religiosas han sido expertas en “adaptar” pasajes bíblicos, creando reglas de conducta.

Y las reglas de conducta de la “Iglesia”, se convirtieron en normas de conducta de mayor autoridad que lo que sencillamente declaraba la Biblia. Por ejemplo, Hechos 15:28, 29 habla de “abstenerse de sangre”. Entonces, teniendo este texto de la Biblia como base, se ha justificado la negativa a transfusiones de sangre, por parte de una confesión religiosa. El punto es que, según esa confesión religiosa, son ilícitas ante Dios las porciones de sangre “completa”, como glóbulos rojos, blancos, plaquetas y plasma. Pero, asumamos que una persona requiera “fracciones sanguíneas”, que son parte de la sangre, entonces el aceptarlas es “cuestión de conciencia”.

¿Es eso entendible? Un texto de la Biblia justifica “evitar” una porción de sangre y ese mismo texto de la Biblia no prohíbe usar una “fracción sanguínea”. ¿Dónde está allí la coherencia del espíritu al guiar a una persona a que decida qué hacer? Sencillamente, no existe. Lo que sí existe es una interpretación de una porción de las Escrituras, creada al dedillo, y convertida en una “Ley” de Dios.  

Entonces, vemos cómo los seres humanos cuidan "la iglesia de Dios" u “organización de Dios”, y al mismo tiempo, los hombres y mujeres empezaron a olvidar la "Obra de Dios" y al Dios de la obra.

Dios no es religión. Es relación.
 
¿Qué sucede con las personas descontentas con su religión? Se van de ella, motivados por las injusticias que vieron dentro de la institución, se apartan, y, algunas veces inspirados por su corazón, o por su descontento, fundaron nuevas corrientes, nuevas formas de adorar a Dios y el ciclo volvió a empezar. “Nueva” religión e iglesia con otro nombre, pero con el mismo espíritu alejado de lo que Jesús enseñó como el Camino.


Por encima de la institución religiosa, se encuentra la Humanidad y por encima de ella se encuentra Dios.

Esa es la verdadera medida. La que posee Dios, y no el hombre, a la hora de juzgar o comparar lo que se ha hecho con lo que Dios quería que se hiciera.

Quizás quien lea esto forme parte de los que defienden la iglesia, religión u organización religiosa. Probablemente piense que este escrito está inspirado por el demonio. Déjame decirte que hace mucho tiempo, el demonio ya se apoderó de ti. Y es él quien te impide ver la luz. Es él quien te dice que protegiendo a tu institución religiosa, proteges al mundo, es él quien te mueve los labios al hablar y te inspira el temor, que luego difundes en tus discursos a los que tienen el infortunio de escucharte.

Piense en estas preguntas:

¿De dónde han salido los cientos de reglamentos (en algunas religiones miles) con que se protege la iglesia?, ¿fueron inspirados por Dios?

¿De dónde han salido las reglas con que encadenan a los que profesan tus creencias?, ¿de Dios?

¿Explícame cómo la vida sencilla y de amor que vivió aquél en quien basas toda tu enseñanza, se transformó en la institución compleja, llena de poder y riqueza, en medio de mafias y traiciones en la que hoy trabajas?

Observa la vida que llevas: ¿cuánto de tu tiempo lo dedicas a la obra de Dios y cuánto a tu iglesia?

Entonces... ¿a quién sirves: a Dios o a tu iglesia?

No te engañes. Hace mucho tiempo que decidiste servir a la iglesia y dejar que tus inquietudes personales las resolviera el tiempo.  Ya dejaste de ser el novicio que buscaba estar cerca de los seres humanos y servir a Dios a través del servicio a los demás. La gran pregunta es:

¿SIRVES A DIOS O A TU IGLESIA?

Estas preguntas son pertinentes, pues el hombre fácilmente pierde la orientación entre lo que es el camino espiritual y la necesidad de mantener fuerte una institución religiosa.

Uno es el camino que el ser humano siente en el corazón y que lo lleva a buscar a Dios y otro muy distinto el que ofrecen las instituciones que han interpretado de manera particular esa necesidad y han construido un medio para servir a la humanidad.

Es un hecho que las religiones son más cuestión de oficina y papeleos, que de ocuparse del corazón y el espíritu de las personas.

Lamentablemente, quienes dictan las “normas” de la religión, son un consejo religioso, que deciden en el máximo nivel las acciones que deben emprenderse. Pero dentro de ese órgano máximo es fácil ver que quienes lo dominan están poseídos por el deseo de poder, de dominio. Es normal que las almas más sensibles a las irradiaciones del amor de Dios, aquellos que "saben" la voluntad de Dios y la perciben no son las almas de carácter ni las que dominan esos Consejos. Es natural que aquél que detenta el puesto sea la persona de carácter fuerte y firme, que cuida de que las cosas se lleven según el orden establecido, el problema es que siempre es "el orden como él lo entiende".

Piense en lo siguiente: ¿cree que Benedicto XVI es el hombre más espiritual y amante de Dios, y de los hombres y mujeres del rebaño, y por eso fue nombrado Papa? ¿O fue nombrado Papa de Roma por ser una figura comprometida con la “institucionalidad” de la Iglesia Católica?

¿No ha demostrado la evidencia que los líderes religiosos “nombrados” tienen como su primera preocupación la institución, luego Dios?

Cuando esos hombres quedan solos, en el rincón de su habitación, en lo oscuro de la soledad, cuando ya las luces se apagaron, cuando no queda nadie más que sus pensamientos y su oración a Dios, ellos se justificarán diciendo que todo lo que hicieron fue necesario por su iglesia. Que todo lo han hecho por la iglesia que es de Dios. Que si algún pecado han cometido ha sido por amor a Dios y a su obra... y esperarán... y esperarán... una señal, algo que les indique que Dios les escuchó... pero sólo el silencio recibirán como respuesta.

Jesús dijo que por los frutos se reconocerán, a los que dicen ser exponentes de las enseñanzas del Maestro. ¿Ha logrado la religión "cristiana" acercar a la gente a Dios? ¿Ha enseñado valor e identidad a cada hombre y mujer que profesa seguir a Jesús? ¿O más bien, se ha usado el nombre de Cristo como salvoconducto para manipular y enajenar la capacidad de pensar de la gente?

El Maestro enseñó un camino, a adorar al Padre con espíritu y con verdad. Eso coloca el acento en el amor, en amar al Padre y al prójimo "como a uno mismo". Una cosa es ser oveja de Cristo, y otra muy distinta es ser el borrego servil de una organización religiosa.   


Las iglesias están en crisis, las grandes organizaciones religiosas están en crisis porque el tiempo ha llegado en que la humanidad despierte. Despierte de esa fantasía llamada "religión" que ha hecho creer a la gente de que para acercarse a Jehová hay que hacerlo por intermedio de la religión, convirtiendo este concepto en una estructura mental que ha dominado a la Humanidad por milenios. El templo de Dios está dentro del hombre y la mujer que adore a Jehová con espíritu y con verdad, que asuma su responsabilidad de auto-conocerse y descubrirse como hijo e hija del Padre, sin temores ni limitaciones, sino con el vínculo más poderoso del Universo: el amor.