Our social:

viernes, enero 28, 2011

Pon tus preocupaciones en manos de Dios


Qué le preocupa en este momento:



¿Alguna enfermedad, suya o de un ser querido?

¿Siente depresión?

¿Tiene remordimiento de conciencia?

¿Tiene sentimientos de baja autoestima?

¿Se siente abrumado por los problemas cotidianos?

¿Le preocupa el futuro?

De una forma u otra, vivimos en tiempos y situaciones preocupantes. ¿Cómo podemos enfrentar esos sentimientos de preocupación?

Podemos fijarnos en la experiencia de una persona.

¿Cómo se sentiría alguien que hubiera mandado a matar al esposo de una mujer con la que tuvo un romance? Ella queda embarazada, así que no queda otra salida: hay que matar al esposo, y casarse con ella lo más rápido posible, y hacer pasar al hijo como suyo. 

Fin del problema.

La historia es la de David. David y Bat-seba o Betsabé.

El rey David era el único responsable de lo que pasó. Y tras ser desenmascarado por el profeta Natán, sintió todo el peso de su error. 

Dijo que sus huesos lo carcomían por dentro. No podía dormir, no sentía paz en su corazón, estaba atormentado día y noche.

El salmo 51 describe que él le confesó francamente su pecado a Dios, y mostró un arrepentimiento profundo y sincero. Le suplicó a Dios que le ayudara a desarrollar un espíritu diferente. “Crea en mí aun un corazón puro, oh Dios, y pon en mí un espíritu nuevo, uno que sea constante” (Salmo 51:10). Al hacer eso él ‘echó toda su preocupación en las manos de Jehová’ (1 Pedro 5:7).

Si Dios ayudó a un hombre que cometió asesinato y adulterio premeditados, eso demuestra que Dios puede ayudarnos en nuestras preocupaciones, sean cuales sean estas.

Está claro que la mayoría de nosotros no hemos hecho cosas como las que hizo David, o tal vez sí las hicimos. Pero, sea lo que sea nuestra situación que nos preocupe, hay esperanza.

Las preocupaciones por la salud, el costo de la vida, quizás la crianza de los hijos, el trabajo, el tener dificultad en llevarse bien con otras personas, los delitos, las deudas, y cosas por el estilo son algo común y corriente en nuestros tiempos. 

La ansiedad es uno de los problemas emocionales más frecuentes de nuestros días. Se calcula que hasta un 20% de personas sufre alguna forma de ansiedad patológica que requiere tratamiento: fobias, trastornos de pánico, ansiedad generalizada en forma de inseguridad y aprensión constantes, síntomas físicos como mareos, ahogos, dolores de cabeza, etc. ¿Cómo se explica este incremento tan notable en una sociedad -la occidental- que ha alcanzado unas altas cotas de progreso técnico y de riqueza? ¿No es una paradoja que el incremento del bienestar material tenga la ansiedad como sorprendente «compañera de viaje»?

Se trata de una forma de ser, un carácter, con una clara base genética. Suele transmitirse de padres a hijos tanto por herencia como por aprendizaje («contagio» emocional al observar las conductas ansiosas de los padres). Hay personas que se preocupan desmedidamente por todo.

Anticipan los acontecimientos de forma pesimista y exagerada. Siempre piensan lo peor. Su mente está llena de malos presagios; son especialistas en «terribilizar», es decir imaginan siempre lo más terrible. Nunca pueden relajarse totalmente porque cuando han resuelto una preocupación ya están pensando en la siguiente. Viven sin tregua, de tal forma que raramente viven tranquilos.

El carácter ansioso es un problema psicológico que puede mejorar con ciertas técnicas. La
terapia cognitiva, por ejemplo, que consiste en enseñar a pensar de forma más positiva, suele ser de ayuda. Este tipo de ansiedad, en sí misma, no es un pecado porque no es incompatible con la confianza en Dios. Jacob, David, Jeremías y otros hombres de gran fe pasaron por momentos de mucha ansiedad, pero en medio de sus angustias siguieron confiando en Dios de forma admirable.

Como dijo David, «Mas el día que temo, yo en ti confío» (Sal. 56:3). 



La ansiedad, ese estado de enfermiza preocupación constante por todo, se trata de una reacción de desconfianza ante el futuro, en especial en los aspectos más esenciales de la vida: comida, salud, abrigo, tal como Jesús señala en el Sermón del Monte (Mt. 6:25-31). El verbo merimnao, que se traduce "inquietarse o preocuparse" en varias versiones de la Biblia, da la idea de estar muy preocupado, abrumado, hasta el punto de generar inquietud, desasosiego.

Es la misma palabra que Jesús utiliza para reprochar a Marta su actitud: «...afanada y turbada estás».

Este tipo de ansiedad es claramente condenada en la Biblia porque en su base hay una falta de confianza en la provisión de Dios. Implica, en la práctica, negar dos atributos básicos del carácter divino: su fidelidad y su providencia. 

Es hacer a Dios pequeño, convertir al Todopoderoso en un «dios de bolsillo». No estamos tocando un tema psicológico, sino un asunto de nuestra fe y confianza en Dios. Lo mejor es exclamar como el salmista con plena certeza: «Mas yo en ti confío, oh Dios, en tu mano están mis tiempos» (Sal. 31:14-15).

Entonces, ¿qué hago con mis preocupaciones?

Póngalas en las manos de Dios. Déjeselas a Él. Él sabe cuándo y cómo hacer que aquello que le preocupa se resuelva. Si usted puede y debe hacer algo, hágalo. ¿Ya lo hizo? Entonces deje a Dios lo que está en Sus manos resolver.

La oración. Ese es el medio más eficaz de poner las preocupaciones y ansiedades en manos de Dios. El apóstol Pablo nos ha legado uno de los pasajes más luminosos sobre el tema en Fil. 4:6-7:

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante del Dios y
Padre en toda oración y ruego, con acción de gracias.



La oración, junto con acción de gracias y bendición a Jehová, nos ayuda a desarrollar un sentido constante de la presencia de Dios en nuestra vida -esto significa la expresión «orar sin cesar»- tanto más vamos a experimentar el bálsamo terapéutico de la paz de Dios. 


No tenemos por qué llevar a solas toda esa carga de preocupaciones. “Arroja tu carga sobre Jehová mismo, y él mismo te sustentará. Nunca permitirá que tambalee el justo”, es la exhortación del salmista (Salmo 55:22).


Y una vez que oramos a Dios con franqueza sobre lo que nos preocupa, y experimentar esa paz de Dios, debemos seguir este consejo:

“Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia (Proverbios 3:5). Por lo tanto, si queremos la ayuda de Jehová, necesitamos confiar en Su sabiduría, no en la nuestra. 

Un ejemplo de esto es Ana, la madre del profeta Samuel. Ella vivía angustiada terriblemente, por no tener hijos. Una vez fue al Tabernáculo, y dice la Biblia cómo fue su oración:  

Después de comer y beber en Silo, Ana se levantó, y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en una silla junto a un pilar del templo de Jehová, ella, con amargura de alma, oró a Jehová y lloró desconsoladamente.
E hizo voto diciendo: «¡Jehová de los ejércitos!, si te dignas mirar a la aflicción de tu sierva, te acuerdas de mí y no te olvidas de tu sierva, sino que das a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja por su cabeza». 






Mientras ella oraba largamente delante de Jehová, Elí observaba sus labios.

1 Samuel 1:9-12

Ana era una mujer amargada del alma, afligida, sentía que no tenía una razón para vivir. A veces puede ser que nos sintamos así. Frustrados, decepcionados, girando siempre en el mismo lugar, como si estuviéramos encerrados en un círculo.

Ana acudió al Tabernáculo y oró. Lloró desconsoladamente. Allí no había nadie viéndola, consolándola. Derramó en esas lágrimas su angustia a Dios, su dolor, su lamento. Y Dios la vio y escuchó.
 
Esa oración de Ana fue con el corazón. Fue sincera con Dios, fue honesta sobre lo que sentía, y cómo esa situación la afectaba. Su oración no fue para quedar bien con Dios. Fue clara. Y lloró, todo el dolor de su condición de mujer estéril, sin darle a su esposo lo que ella tanto quería: un hijo.

Fue una oración larga. ¿Cuánto duró? No sabemos, pero, cuando una persona está viviendo una oración intensa, agónica, en la que se derrama todo lo que hay por dentro, puede durar lo que sea, que esos momentos parecen detenerse en el tiempo.

Ana terminó su oración, habló con el sumo sacerdote Elí y le aclaró su situación. Este le dijo:

Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho --le dijo Elí.

Ve en paz, eso le dijo Elí a Ana, y que Dios le concediera su petición.

Ana se sintió aliviada. La Biblia dice que comió, y ya no estaba triste. 

Ana oró, dejó en manos de Dios su preocupación, y ya no se preocupó más por el asunto. Dios le bendijo y le respondió, dándole un hijo: Samuel, el profeta. Ana tuvo más hijos, 3 hijos y 2 hijas.

Es un ejemplo de alguien que puso su preocupación en las manos de Dios. Y Dios, a Su tiempo y manera respondió.